Cada cierto tiempo, vuelvo a la literatura feel good. Son momentos de recogimiento personal, esos en los que buscas respuestas quizá sin, si quiera, tener una pregunta. Y, buscando nuevas adquisiciones, encontré esta novela tan del estilo de lo que estaba buscando: reconfortante, sin pretensiones, pero con moraleja. Se trata de El café de los corazones rotos, de Penelope Stokes.
Dell Haley acaba de quedarse viuda en un pequeño pueblo de Misisipi, donde parece ser que todo el mundo, menos ella, sabe que su marido, Chase, le era infiel. Pero es que, además, Chase, la ha dejado en la ruina. Con el ánimo por los suelos, sin dinero y sintiéndose incapaz para emprender algo por ella misma a sus 51 años, a Dell no le queda otra que salir a buscarse la vida, y decide arriesgar a todo o nada lo poco que le queda.
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9 de abril de 2019
15 de octubre de 2018
Soñar bajo el agua, de Libby Page
La novela que hoy os reseño la encontré a principios de verano haciendo una búsqueda sobre literatura feel good, que es uno de los cuatro pilares básicos de este blog. Y sí, podemos decir que Soñar bajo el agua, de Libby Page, es un libro feel good pero también me ha recordado mucho a Alguien, de Alice McDermott. Y ahora os explicaré por qué.
Rosemary es una anciana que vive en Brixton. Toda su historia está ligada a este barrio londinense y a su piscina: lleva frecuentándola desde que era una niña, incluso durante la guerra, y después sería uno de los escenarios más representativos de su vida de casada. Ahora, con 86 años, se levanta cada mañana para acudir a su cita puntual con las aguas frías y azules de su piscina hasta que un día el ayuntamiento decide que es hora de vender la piscina a un grupo inmobiliario para evitar las pérdidas que genera. Pero Paradise Living tiene otros planes para el barrio: construirá un complejo de edificios y una cancha de tenis en el lugar que ocupa en este momento la piscina.
Kate es una joven periodista del diario local Brixton Chronicle. Desde que se mudó al barrio hace dos años apenas tiene contacto con nadie y la persigue la sombra de sus ataques de pánico y la depresión. En el trabajo escribe en la sección de mascotas perdidas hasta que su jefe decide darle como encargo que escriba sobre el posible cierre de la piscina del barrio. Ella no lo sabe, pero conocer a Rosemary y al elenco de amigos de la anciana, va a dar un giro a su existencia.
Como en todas las novelas feel good, a los protagonistas les cambia la vida gracias en parte a un arranque de coraje y fuerza por un motivo que les mueve desde dentro. En el caso de Kate, ese motivo es ayudar a Rosemary a evitar el cierre de la piscina que tanto significa para ella y para los habitantes del barrio. Kate se involucra tanto en todo ello que acaba por hacer de esta causa la suya propia, al tiempo que descubre un mundo que hasta ahora le era desconocido: el sentimiento de comunidad y de amistad en un barrio como Brixton.
¿Y por qué digo que Soñar bajo el agua me ha recordado a Alguien, de Alice McDermott? Pues porque, salvando las distancias del género, ambas son historias de gente corriente y de vida cotidiana. A los personajes de Soñar bajo el agua no les ocurren cosas trascendentales pero sí les pasa la vida alrededor de esa piscina. El frutero, los libreros, la anciana, la vecina, la compra, los estudios, el barrio,... Esos son los protagonistas diarios, para mí mucho más complicados de desarrollar que aquellas novelas en las que pasan grandes cosas. Porque, ¿cómo mantienes vivo el interés del lector? Pues a través de la empatía, de vernos reflejados.
Y, como ya dije en la reseña de Alguien, creo que en ese tipo de libros hay mucha belleza y un mensaje, sobre todo en la sociedad de escaparate en la que vivimos actualmente: todas las vidas son importantes porque ellas influirán en otras, y así sucesivamente.
Sí, este es un libro lento, que transcurre en su mayor parte en la cotidianeidad de gente que normalmente no es protagonista. Es una novela para leer cuando necesites ralentizar tus revoluciones, para no tener prisa y para valorar el día a día, la lentitud y la amistad. También es una novela que reflexiona sobre la soledad en una sociedad afiliada a la prisa y a la imagen externa, y sobre la depresión y la ansiedad.
Este libro está recomendado para lectores que busquen paz y tranquilidad en su vida y la grandeza de las cosas cotidianas. También para aquellos que deseen encontrar el sentido de la amistad y del amor más puros. La soledad, la ansiedad y la depresión son temas latentes, por lo que también puede servir como terapia en estos casos.
Rosemary es una anciana que vive en Brixton. Toda su historia está ligada a este barrio londinense y a su piscina: lleva frecuentándola desde que era una niña, incluso durante la guerra, y después sería uno de los escenarios más representativos de su vida de casada. Ahora, con 86 años, se levanta cada mañana para acudir a su cita puntual con las aguas frías y azules de su piscina hasta que un día el ayuntamiento decide que es hora de vender la piscina a un grupo inmobiliario para evitar las pérdidas que genera. Pero Paradise Living tiene otros planes para el barrio: construirá un complejo de edificios y una cancha de tenis en el lugar que ocupa en este momento la piscina.
Kate es una joven periodista del diario local Brixton Chronicle. Desde que se mudó al barrio hace dos años apenas tiene contacto con nadie y la persigue la sombra de sus ataques de pánico y la depresión. En el trabajo escribe en la sección de mascotas perdidas hasta que su jefe decide darle como encargo que escriba sobre el posible cierre de la piscina del barrio. Ella no lo sabe, pero conocer a Rosemary y al elenco de amigos de la anciana, va a dar un giro a su existencia.
Como en todas las novelas feel good, a los protagonistas les cambia la vida gracias en parte a un arranque de coraje y fuerza por un motivo que les mueve desde dentro. En el caso de Kate, ese motivo es ayudar a Rosemary a evitar el cierre de la piscina que tanto significa para ella y para los habitantes del barrio. Kate se involucra tanto en todo ello que acaba por hacer de esta causa la suya propia, al tiempo que descubre un mundo que hasta ahora le era desconocido: el sentimiento de comunidad y de amistad en un barrio como Brixton.
¿Y por qué digo que Soñar bajo el agua me ha recordado a Alguien, de Alice McDermott? Pues porque, salvando las distancias del género, ambas son historias de gente corriente y de vida cotidiana. A los personajes de Soñar bajo el agua no les ocurren cosas trascendentales pero sí les pasa la vida alrededor de esa piscina. El frutero, los libreros, la anciana, la vecina, la compra, los estudios, el barrio,... Esos son los protagonistas diarios, para mí mucho más complicados de desarrollar que aquellas novelas en las que pasan grandes cosas. Porque, ¿cómo mantienes vivo el interés del lector? Pues a través de la empatía, de vernos reflejados.
Y, como ya dije en la reseña de Alguien, creo que en ese tipo de libros hay mucha belleza y un mensaje, sobre todo en la sociedad de escaparate en la que vivimos actualmente: todas las vidas son importantes porque ellas influirán en otras, y así sucesivamente.
Sí, este es un libro lento, que transcurre en su mayor parte en la cotidianeidad de gente que normalmente no es protagonista. Es una novela para leer cuando necesites ralentizar tus revoluciones, para no tener prisa y para valorar el día a día, la lentitud y la amistad. También es una novela que reflexiona sobre la soledad en una sociedad afiliada a la prisa y a la imagen externa, y sobre la depresión y la ansiedad.
El florista es un hombre mayor que lleva un delantal de color verde oscuro, luce una cadena de oro en el cuello y tiene las uña negras llenas de tierra. Haga frío o calor, vende "lo sientos" y "te quieros" a un precio razonable. Envueltos en papel marrón y sujetos a una cinta.
Biblioterapia
Este libro está recomendado para lectores que busquen paz y tranquilidad en su vida y la grandeza de las cosas cotidianas. También para aquellos que deseen encontrar el sentido de la amistad y del amor más puros. La soledad, la ansiedad y la depresión son temas latentes, por lo que también puede servir como terapia en estos casos.
Lee más sobre feel good
- Mis novelas feel good
- [4] Adiós verano, novelas feel good y #ColectivoDetroit
- [5] El feel good me encuentra de nuevo, lectura top 10 y mientras que la música dure
Lee más sobre historias cotidianas
- Alguien, de Alice McDermott
- [2] Blue monday, introspección y reflexiones
Si te gusta este libro, también te gustará...
- Brooklyn Follies, de Paul Auster
- Una madre, de Alejandro Palomas
- El amante japonés, de Isabel Allende
- 84 Charing Cross Road, de Helene Hanff
- La señora Dalloway, de Virginia Woolf
#LeoAutorasOct
Este mes de octubre continúo leyendo autoras. A Todos los veranos del mundo, de Mónica Gutiérrez, y a Soñar bajo el agua, de Libby Page, se sumará La librería, de Penelope Fitzgerald, que reseñaré en breve.3 de octubre de 2018
Todos los veranos del mundo, de Mónica Gutiérrez (Serendipia)
Hace tiempo que estoy prácticamente desaparecida del blog. Todo tiene su explicación y ya os lo avanzaba en una entrada de hace justo un año. En aquel momento dudaba de si había dejado de conectar con la lectura o si, simplemente, mi crisis lectora estaba más relacionada con el cansancio que acumulaba.
Ahora ya tengo mi respuesta y no tengo mejor modo de celebrarla que volviendo al blog con una nueva reseña de un libro de mi género favorito, el feel good. Pero es que, además, este no es un libro feel good cualquiera. No. Para nada. Es lo nuevo de Mónica Gutiérrez (Serendipia), Todos los veranos del mundo. Un par de entradas más abajo, solo separados por El libro de los Baltimore, de Joël Dicker, podéis leer la reseña de su libro anterior, La librería del señor Livingstone.
Helena es abogada y trabaja para uno de los bufetes más importantes de Barcelona. A finales de verano, unas semanas antes de su boda, se reúne con su familia en el pueblo de su infancia para descansar y hacer los preparativos para la gran fecha. Lo que Helena no sabe en ese momento es que, durante esos días, sucederán cosas que le harán desprenderse de su caparazón y ver la vida desde otro punto de vista: aprenderá a entender a su madre, se reconciliará con su hermana Silvia, se refugiará en su hermano Xavier, conocerá a un librero sabio con acento inglés y cara de ratón y se reencontrará con su viejo amigo de la infancia, Marc Saugrés.
El carácter de Helena va mudando conforme pasan los días en ese pueblo del Pirineo catalán donde el tiempo pasa de otra manera y los problemas se relativizan e incluso desaparecen. El mal humor y los resentimientos van dejando espacio a una Helena que viste calcetines de colores, relajada, tranquila y en paz que, progresivamente, va descubriendo quién es y lo que quiere.
Y es en ese punto, más o menos a la mitad del libro, que aparece el personaje femenino que tanto me gusta de las novelas de Mónica Serendipia. Ese hada vulnerable pero fuerte, indecisa pero segura, que tiene el valor de cambiar el rumbo de su vida para ser fiel a lo que realmente es.
Vuelven a aparecer en este libro esos elementos característicos de la novela feel good con los que tanto disfruto: un pueblo que huele a galletas de vainilla; un bar donde se comen las mejores aceitunas del mundo; un jardín que huele a jazmines decorado con luces navideñas; y una librería en la que podría quedarme a vivir.
También están las numerosas referencias a libros y autores tan propios de las novelas de Mónica, por las que puedes navegar hasta perderte; y esos negocios con encanto que a todos nos gustaría regentar. Siempre es un placer volver a soñar despierta con este tipo de novelas, recuperar la paz y el sentido de tu vida.
En octubre de 2016, se popularizó en las redes sociales la iniciativa "Leo Autoras Octubre" para visibilizar la labor de autoras de todo tipo. De nuevo este 2018, la propuesta se ha retomado y quiero hacer mi contribución con esta lectura de Mónica Serendipia y con las que tienen que venir este mes. Ya estoy leyendo Soñar bajo el agua, de Libby Page y dentro de unos días tendréis también la reseña.
Ahora ya tengo mi respuesta y no tengo mejor modo de celebrarla que volviendo al blog con una nueva reseña de un libro de mi género favorito, el feel good. Pero es que, además, este no es un libro feel good cualquiera. No. Para nada. Es lo nuevo de Mónica Gutiérrez (Serendipia), Todos los veranos del mundo. Un par de entradas más abajo, solo separados por El libro de los Baltimore, de Joël Dicker, podéis leer la reseña de su libro anterior, La librería del señor Livingstone.
Helena es abogada y trabaja para uno de los bufetes más importantes de Barcelona. A finales de verano, unas semanas antes de su boda, se reúne con su familia en el pueblo de su infancia para descansar y hacer los preparativos para la gran fecha. Lo que Helena no sabe en ese momento es que, durante esos días, sucederán cosas que le harán desprenderse de su caparazón y ver la vida desde otro punto de vista: aprenderá a entender a su madre, se reconciliará con su hermana Silvia, se refugiará en su hermano Xavier, conocerá a un librero sabio con acento inglés y cara de ratón y se reencontrará con su viejo amigo de la infancia, Marc Saugrés.
El carácter de Helena va mudando conforme pasan los días en ese pueblo del Pirineo catalán donde el tiempo pasa de otra manera y los problemas se relativizan e incluso desaparecen. El mal humor y los resentimientos van dejando espacio a una Helena que viste calcetines de colores, relajada, tranquila y en paz que, progresivamente, va descubriendo quién es y lo que quiere.
Y es en ese punto, más o menos a la mitad del libro, que aparece el personaje femenino que tanto me gusta de las novelas de Mónica Serendipia. Ese hada vulnerable pero fuerte, indecisa pero segura, que tiene el valor de cambiar el rumbo de su vida para ser fiel a lo que realmente es.
Vuelven a aparecer en este libro esos elementos característicos de la novela feel good con los que tanto disfruto: un pueblo que huele a galletas de vainilla; un bar donde se comen las mejores aceitunas del mundo; un jardín que huele a jazmines decorado con luces navideñas; y una librería en la que podría quedarme a vivir.
También están las numerosas referencias a libros y autores tan propios de las novelas de Mónica, por las que puedes navegar hasta perderte; y esos negocios con encanto que a todos nos gustaría regentar. Siempre es un placer volver a soñar despierta con este tipo de novelas, recuperar la paz y el sentido de tu vida.
[…] Quiero dejar de ser tantas cosas a la vez para convertirme solo en una: una mujer con un libro abierto entre las manos, solo eso, ¡eso es lo que quiero!
Otras reseñas de los libros de Mónica Gutiérrez
Entrevistas y colaboraciones
- La biblioterapia más feel good de Mónica Gutiérrez
- Entrevista con motivo de la publicación de El Noviembre de Kate
Lee más sobre feel good
- Mis novelas feel good
- Adiós verano, novelas feel good y #ColectivoDetroit
- El feel good me encuentra de nuevo, lectura top 10 y mientras que la música dure
Si te interesa este libro, también te gustará...
- Olivia o la lista de los sueños posibles, de Paola Calvetti
- La librería de las nuevas oportunidades, de Anjali Banerjee
- La librería de los finales felices, de Katarina Bivald
- La reina de la casa, de Sophie Kinsella
- El hostal de las ilusiones, de Debbie Macomber
- Tu año perfecto, de Charlotte Lucas
#LeoAutorasOct
En octubre de 2016, se popularizó en las redes sociales la iniciativa "Leo Autoras Octubre" para visibilizar la labor de autoras de todo tipo. De nuevo este 2018, la propuesta se ha retomado y quiero hacer mi contribución con esta lectura de Mónica Serendipia y con las que tienen que venir este mes. Ya estoy leyendo Soñar bajo el agua, de Libby Page y dentro de unos días tendréis también la reseña.
31 de enero de 2018
La librería del señor Livingstone, de Mónica Serendipia
El feel good vuelve de nuevo a este blog. Si en el post anterior os decía que ponía punto y final a mi año lector 2017 con Tu año perfecto, de Charlotte Lucas, ahora os vengo a contar que no podía haber empezado mejor 2018 que con La librería del señor Livingstone, de Mónica Gutiérrez.
Leer este libro es entrar en el inconfundible mundo de Mónica Serendipia (como se conoce a la autora en la blogosfera literaria): protagonistas acorazadas que deshacen la madeja con pasos de bailarina; personajes secundarios que lo inundan todo; la parte más cálida del otoño, del invierno y del frío; una historia de amor y de amistad entre personas muy dispares; un toque de misterio; y entornos idílicos, algo melancólicos y muy bellos que recogen y transmiten paz.
Agnes Marti es una arqueóloga catalana en paro que decide trasladarse a Londres con el fin de encontrar ese trabajo que tanto desea. Su misión no le resultará fácil pero el camino la llevará por azar (y también un poco por su escaso sentido de la orientación) hasta la librería del señor Livingstone, un viejo librero gruñón adorable que busca un ayudante de librería de cuento.
Para los enamorados de la literatura, de los libros y de las librerías, esta novela es un paraíso. Contiene multitud de referencias a novelas y guiños a escritores en cada una de sus páginas. Además, como en todas las novelas de Mónica, los lugares se convierten en protagonistas y la librería de dos plantas con una cúpula desde la que ver las estrellas en el segundo piso es de ensueño.
Y, a pesar de que este trabajo es algo transitorio para Agnes, el ambiente y cada uno de los peculiares personajes la envuelven y la hacen sentir como en casa, y el hada de los pies descalzos se convierte rápidamente en el ojito derecho del señor Livingstone.
En este libro de Mónica Serendipia también hay un toque de misterio, que es el que introduce el amor y serán el amor y la librería quienes removerán los cimientos de Agnes Marti, una arqueóloga que viajó a Londres para buscar otra cosa bien distinta.
Sin embargo, para los que se relajan y confían en la vida, hay mucho más allá para ellos. Y no podría ser de otra manera para Agnes Marti.
Leer este libro es entrar en el inconfundible mundo de Mónica Serendipia (como se conoce a la autora en la blogosfera literaria): protagonistas acorazadas que deshacen la madeja con pasos de bailarina; personajes secundarios que lo inundan todo; la parte más cálida del otoño, del invierno y del frío; una historia de amor y de amistad entre personas muy dispares; un toque de misterio; y entornos idílicos, algo melancólicos y muy bellos que recogen y transmiten paz.
Agnes Marti es una arqueóloga catalana en paro que decide trasladarse a Londres con el fin de encontrar ese trabajo que tanto desea. Su misión no le resultará fácil pero el camino la llevará por azar (y también un poco por su escaso sentido de la orientación) hasta la librería del señor Livingstone, un viejo librero gruñón adorable que busca un ayudante de librería de cuento.
Para los enamorados de la literatura, de los libros y de las librerías, esta novela es un paraíso. Contiene multitud de referencias a novelas y guiños a escritores en cada una de sus páginas. Además, como en todas las novelas de Mónica, los lugares se convierten en protagonistas y la librería de dos plantas con una cúpula desde la que ver las estrellas en el segundo piso es de ensueño.
Y, a pesar de que este trabajo es algo transitorio para Agnes, el ambiente y cada uno de los peculiares personajes la envuelven y la hacen sentir como en casa, y el hada de los pies descalzos se convierte rápidamente en el ojito derecho del señor Livingstone.
En este libro de Mónica Serendipia también hay un toque de misterio, que es el que introduce el amor y serán el amor y la librería quienes removerán los cimientos de Agnes Marti, una arqueóloga que viajó a Londres para buscar otra cosa bien distinta.
Sin embargo, para los que se relajan y confían en la vida, hay mucho más allá para ellos. Y no podría ser de otra manera para Agnes Marti.
Puedes leer también las reseñas de otros libros que he leído de Mónica Gutiérrez: El noviembre de Kate y Un hotel en ninguna parte.
2 de enero de 2018
Tu año perfecto, de Charlotte Lucas
La lectura me acompaña desde siempre y se convirtió en una constante fundamental hace cuatro años con la apertura de mi blog. El pasado mes de mayo, tras un cambio en mi vida, tuve que dejarla un poco apartada, muy a mi pesar. Pero ahora que el puzzle se va recomponiendo, vuelve ella, porque la esencia de cada uno siempre permanece fiel, paciente.
Así que por mi cumpleaños me autorregalé la novela de la que hoy os hablo y con lo que quería inaugurar este 2018. Porque... ¿Crees que este es "Tu año perfecto"?
Los protagonistas de esta historia, Hannah y Jonathan, son dos polos opuestos. Ella es optimista, alegre, decidida a vivir, a sentir, a disfrutar. Él es realista, serio, recto y rutinario. A ambos el año nuevo les cambiará la vida aunque de manera muy diferente... Y el punto de partida será una maravillosa agenda pensada para vivir un año de manera muy intensa.
Esta novela, de la autora alemana Charlotte Lucas, es una llamada a transitar por la vida de forma activa, plena y consciente, a pesar de los pesares. Yo la enmarco dentro del género feelgood y la recomiendo para todos aquellos que quieran contagiarse de optimismo y alegría pero con una buena dosis de realismo; para los que sientan que es hora cambiar ciertas cosas que no les gustan; y también para los que ya están convencidos de todo lo que he contado.
Así que por mi cumpleaños me autorregalé la novela de la que hoy os hablo y con lo que quería inaugurar este 2018. Porque... ¿Crees que este es "Tu año perfecto"?
Los protagonistas de esta historia, Hannah y Jonathan, son dos polos opuestos. Ella es optimista, alegre, decidida a vivir, a sentir, a disfrutar. Él es realista, serio, recto y rutinario. A ambos el año nuevo les cambiará la vida aunque de manera muy diferente... Y el punto de partida será una maravillosa agenda pensada para vivir un año de manera muy intensa.
Esta novela, de la autora alemana Charlotte Lucas, es una llamada a transitar por la vida de forma activa, plena y consciente, a pesar de los pesares. Yo la enmarco dentro del género feelgood y la recomiendo para todos aquellos que quieran contagiarse de optimismo y alegría pero con una buena dosis de realismo; para los que sientan que es hora cambiar ciertas cosas que no les gustan; y también para los que ya están convencidos de todo lo que he contado.
3 de mayo de 2017
La biblioterapia más feelgood de Mónica Gutiérrez (Serendipia)
Hace ya algún tiempo que os vengo hablando de la biblioterapia o el arte de utilizar los libros como un modo de desarrollo y de crecimiento personal.
Por todos es sabido que los libros tienen múltiples interpretaciones y que, igual que la belleza está en el ojo del que mira, el significado de un texto está en el corazón del que lo lee. Esto, unido a una buena elección en el momento y sitio oportunos, permite que lo que estamos leyendo adquiera todo el sentido dentro de nosotros. Encontramos la pieza del puzzle que buscamos.
Los libros con los que haces biblioterapia dependen del momento personal en el que te encuentres. En los últimos años yo he vivido cambios en el seno de mi familia, he tenido que reinventarme a mí misma, eliminar viejos patrones y encontrar nuevos, crecer con mi pareja y buscar un hueco propio en el que sentirme identificada. Y son muchas las lecturas que me han ayudado en este recorrido.
El mes pasado inauguramos esta nueva sección de biblioterapia con Gemma, del blog Wasel Wasel y, en esta ocasión, tengo el inmenso placer de contar de nuevo con una de las escritoras que más sabe de feel good en la blogosfera literaria y con cuyas novelas (El noviembre de Kate y Un hotel en ninguna parte) he disfrutado de lo lindo. Ella es Mónica Gutiérrez, Serendipia (aquí puedes leer la entrevista que le hice tiempo atrás).
Una de las cosas que más sorprende cada vez que repaso las estanterías de casa —a menudo en busca de algún volumen escurridizo— es lo mucho que han ido cambiando mis lecturas a lo largo de los años. Supongo que es una característica de quienes hemos crecido con un libro, o dos, o tres, en las manos el percatarnos de que lo que leemos hoy nada tiene que ver con lo que estaba en nuestra mesilla de noche hace 10, 15 o 20 años atrás. No puedo afirmar, sin temor a equivocarme —porque nada es absoluto, ni siquiera la literatura—, que mis lecturas sean de más empaque, de más entidad, o de mayor seriedad lingüística o sintáctica ¿Acaso no eran clásicos los Julio Verne, los Robert Louis Stevenson o los Agatha Christie de mi adolescencia? Pero sí que me atrevo a confirmar, mirando mis lecturas de los últimos años, que la mayoría de lectores nos volvemos exquisitos, exigentes, excéntricos, maniáticos y sofisticados a medida que nos adentramos en la edad adulta y nos pesa la costumbre, la cultura y nuestra (de)formación profesional.
La única constante en mi vida lectora han sido los libros de Historia (de ensayo, investigación, compendio, tesis, etc.) y cierto aborrecimiento por la novela histórica, con excepcionales paréntesis y autores. Pero en el caso de la ficción, reconozco que mis gustos siguen siendo variados. La principal ventaja de tener en casa novelas de tan diverso género es que me permite —como suele ser costumbre de cualquier lector— elegir lectura en función de mi estado de ánimo. Probablemente no ejerza la biblioterapia de manera consciente pero es cierto que la practico: nada mejor que los románticos de principios del XIX para acompañarme en la melancolía; Dorothy L. Sayers, Josephine Tey o Ngaio Marsh para las temporadas de inquietud y poca concentración; Arnold Bennett, Stella Gibbons, P.G. Woodehouse, E.F. Benson, Gerald Durrell, etc. para sentirme a gusto; Ospina para la nostalgia, José C. Vales para aprender, Manuel Rivas para lo inesperado, Shakespeare... Shakespeare siempre, siempre, siempre.
Creo que todos los libros que he leído me han aportado algo, casi siempre riqueza de pensamiento; incluso algunos que tuve que dejar a la mitad porque me resultaban insoportables seguramente me aportaron hastío u horror. Pero aunque la lectura me acompaña en las distintas épocas de mi vida —a veces buenos tiempos, otras, no tanto—, no puedo asegurar que ningún libro en concreto me haya cambiado la vida. Sí que hay lecturas que llevo siempre conmigo, que son parte de mi bagaje sentimental, como Cumbres borrascosas, El señor de los anillos, Cien años de soledad, Matar a un ruiseñor, Orgullo y prejuicio, Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan y Wendy, y tantísimas otras, decenas.
Quizás la única excepción consciente de biblioterapia, una elección de encontrar cierto consuelo en los libros, haya sido el descubrimiento del género feelgood. Conocí esta tendencia literaria a raíz de leer a Arnold Bennett, Jerome K. Jerome, E.F. Benson, Saki, etc.; conecté al instante con sentido del humor, tan british, y con el encanto, a menudo excéntrico, de sus prosas, de la ligereza de sus tramas y personajes, en una época en la que Virginia Wolfe o D. H. Lawrence eran ejemplo de la excelencia literaria. Ellos habían sido precursores involuntarios, junto con otros autores, de un género literario que habría de florecer durante la Segunda Guerra Mundial de la mano de D.E. Stevenson, Barbara Pym, A.G. MacDonell, James Herriot o Delafield, entre muchos otros. Y no es casualidad que en una época de gran dificultad y dolor como esta los lectores escogieran leer feelgood: necesitaban evadirse, pasearse durante unas horas por paisajes más amables y pacíficos. Tampoco fue casualidad que hiciese mis primeras incursiones en este género en un momento de profunda crisis personal y profesional.
Todo lo que leí en aquella época, y que sigo disfrutando ahora, no contribuyó a cambiarme pero sí que me dio sosiego y buenas ideas para tomarme la vida con una filosofía más optimista. Cualquier lector que se mantenga atento a los detalles sabe leer entre líneas los mensajes del Universo.
Si necesitas un respiro del ruido, de las malas noticias, del horror, de las preocupaciones, de los problemas, del dolor, de la enfermedad... Te recomiendo feelgood. Es cierto que debemos luchar cada día para mejorar nuestro mundo y el de quienes nos rodean, pero también necesitamos descansar y para eso nada mejor que el oasis de paz que te proporcionará un libro feelgood. Entre nosotros, en confidencia y voz bajita, ahora que nadie nos lee, te dejo una pequeña lista con algunos de mis libros feelgood de biblioterapia:
Para otros títulos de no ficción, serendipia.monica@gmail.com
Por todos es sabido que los libros tienen múltiples interpretaciones y que, igual que la belleza está en el ojo del que mira, el significado de un texto está en el corazón del que lo lee. Esto, unido a una buena elección en el momento y sitio oportunos, permite que lo que estamos leyendo adquiera todo el sentido dentro de nosotros. Encontramos la pieza del puzzle que buscamos.
Los libros con los que haces biblioterapia dependen del momento personal en el que te encuentres. En los últimos años yo he vivido cambios en el seno de mi familia, he tenido que reinventarme a mí misma, eliminar viejos patrones y encontrar nuevos, crecer con mi pareja y buscar un hueco propio en el que sentirme identificada. Y son muchas las lecturas que me han ayudado en este recorrido.
El mes pasado inauguramos esta nueva sección de biblioterapia con Gemma, del blog Wasel Wasel y, en esta ocasión, tengo el inmenso placer de contar de nuevo con una de las escritoras que más sabe de feel good en la blogosfera literaria y con cuyas novelas (El noviembre de Kate y Un hotel en ninguna parte) he disfrutado de lo lindo. Ella es Mónica Gutiérrez, Serendipia (aquí puedes leer la entrevista que le hice tiempo atrás).
Mónica Gutiérrez (Serendipia): "la literatura feelgood me dio buenas ideas para tomarme la vida con una filosofía más optimista"
Una de las cosas que más sorprende cada vez que repaso las estanterías de casa —a menudo en busca de algún volumen escurridizo— es lo mucho que han ido cambiando mis lecturas a lo largo de los años. Supongo que es una característica de quienes hemos crecido con un libro, o dos, o tres, en las manos el percatarnos de que lo que leemos hoy nada tiene que ver con lo que estaba en nuestra mesilla de noche hace 10, 15 o 20 años atrás. No puedo afirmar, sin temor a equivocarme —porque nada es absoluto, ni siquiera la literatura—, que mis lecturas sean de más empaque, de más entidad, o de mayor seriedad lingüística o sintáctica ¿Acaso no eran clásicos los Julio Verne, los Robert Louis Stevenson o los Agatha Christie de mi adolescencia? Pero sí que me atrevo a confirmar, mirando mis lecturas de los últimos años, que la mayoría de lectores nos volvemos exquisitos, exigentes, excéntricos, maniáticos y sofisticados a medida que nos adentramos en la edad adulta y nos pesa la costumbre, la cultura y nuestra (de)formación profesional.
La única constante en mi vida lectora han sido los libros de Historia (de ensayo, investigación, compendio, tesis, etc.) y cierto aborrecimiento por la novela histórica, con excepcionales paréntesis y autores. Pero en el caso de la ficción, reconozco que mis gustos siguen siendo variados. La principal ventaja de tener en casa novelas de tan diverso género es que me permite —como suele ser costumbre de cualquier lector— elegir lectura en función de mi estado de ánimo. Probablemente no ejerza la biblioterapia de manera consciente pero es cierto que la practico: nada mejor que los románticos de principios del XIX para acompañarme en la melancolía; Dorothy L. Sayers, Josephine Tey o Ngaio Marsh para las temporadas de inquietud y poca concentración; Arnold Bennett, Stella Gibbons, P.G. Woodehouse, E.F. Benson, Gerald Durrell, etc. para sentirme a gusto; Ospina para la nostalgia, José C. Vales para aprender, Manuel Rivas para lo inesperado, Shakespeare... Shakespeare siempre, siempre, siempre.
Creo que todos los libros que he leído me han aportado algo, casi siempre riqueza de pensamiento; incluso algunos que tuve que dejar a la mitad porque me resultaban insoportables seguramente me aportaron hastío u horror. Pero aunque la lectura me acompaña en las distintas épocas de mi vida —a veces buenos tiempos, otras, no tanto—, no puedo asegurar que ningún libro en concreto me haya cambiado la vida. Sí que hay lecturas que llevo siempre conmigo, que son parte de mi bagaje sentimental, como Cumbres borrascosas, El señor de los anillos, Cien años de soledad, Matar a un ruiseñor, Orgullo y prejuicio, Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan y Wendy, y tantísimas otras, decenas.
Quizás la única excepción consciente de biblioterapia, una elección de encontrar cierto consuelo en los libros, haya sido el descubrimiento del género feelgood. Conocí esta tendencia literaria a raíz de leer a Arnold Bennett, Jerome K. Jerome, E.F. Benson, Saki, etc.; conecté al instante con sentido del humor, tan british, y con el encanto, a menudo excéntrico, de sus prosas, de la ligereza de sus tramas y personajes, en una época en la que Virginia Wolfe o D. H. Lawrence eran ejemplo de la excelencia literaria. Ellos habían sido precursores involuntarios, junto con otros autores, de un género literario que habría de florecer durante la Segunda Guerra Mundial de la mano de D.E. Stevenson, Barbara Pym, A.G. MacDonell, James Herriot o Delafield, entre muchos otros. Y no es casualidad que en una época de gran dificultad y dolor como esta los lectores escogieran leer feelgood: necesitaban evadirse, pasearse durante unas horas por paisajes más amables y pacíficos. Tampoco fue casualidad que hiciese mis primeras incursiones en este género en un momento de profunda crisis personal y profesional.
Todo lo que leí en aquella época, y que sigo disfrutando ahora, no contribuyó a cambiarme pero sí que me dio sosiego y buenas ideas para tomarme la vida con una filosofía más optimista. Cualquier lector que se mantenga atento a los detalles sabe leer entre líneas los mensajes del Universo.
Si necesitas un respiro del ruido, de las malas noticias, del horror, de las preocupaciones, de los problemas, del dolor, de la enfermedad... Te recomiendo feelgood. Es cierto que debemos luchar cada día para mejorar nuestro mundo y el de quienes nos rodean, pero también necesitamos descansar y para eso nada mejor que el oasis de paz que te proporcionará un libro feelgood. Entre nosotros, en confidencia y voz bajita, ahora que nadie nos lee, te dejo una pequeña lista con algunos de mis libros feelgood de biblioterapia:
- El libro de la señorita Buncle, de D.E. Stevenson
- Flores para la señora Harris, de Paul Gallico
- Trilogía de Corfú, de Gerald Durrell
- Mr. Rosenblum sueña en inglés, de Natasha Solomon
- La librería ambulante, de Christopher Morley
- Un abril encantado, de Elizabeth von Arnim
- Una temporada para silbar, de Ivan Doig
- La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey, de M.A. Shaffer
Para otros títulos de no ficción, serendipia.monica@gmail.com
29 de marzo de 2017
El hostal de las ilusiones, de Debbie Macomber
He vuelto al feel good. Después de un mes de febrero viajero y de leer una de las historias que estarán en mi top 10 de este año, he retomado un libro que comencé en enero y que dejé a medias. Se trata de El hostal de las ilusiones, de Debbie Macomber, una prolífica escritora americana.
¿Qué me ha hecho volver a este género? Supongo que necesitaba volver a sentir la calidez que transmiten estos libros. Lugares bonitos y personajes con problemas duros pero con afán de superación. Todo ello aderezado con conversaciones, reflexiones, tés, tartas, bizcochos,…
Después de perder a su marido en Afganistán, Jo Marie Rose deja su vida en Seattle y se traslada a Cedar Cove, un precioso pueblo costero, para regentar un hostal. A pesar de que no tiene experiencia previa, su ilusión, ganas de salir adelante y su deseo de aprender de la gente del pueblo, la ayudan a sacar adelante su negocio.
Sus primeros huéspedes son dos personas con historias difíciles. Abby vuelve al pueblo para la boda de su hermano después de que muchos años después saliera huyendo de allí por un accidente que marcaría su vida para siempre. En su llegada al pueblo, Abby tendrá que lidiar con los fantasmas del pasado y con una de las pruebas más duras a las que nos sometemos: perdonarnos a nosotros mismos.
El segundo huésped, Josh, regresa a Cedar Cove para reencontrarse con su padrastro, Richard, que está muy enfermo. La relación entre ambos siempre ha sido muy complicada, sobre todo tras la muerte de Teresa, la madre de Josh y segunda esposa de Richard, unos años antes. Durante los días de estancia en el pueblo, ayudado por una antigua amiga, Josh tiene que aprender a cerrar viejas heridas para poder pasar página y continuar su vida a pesar del pasado.
Las tres tramas, la de Jo Marie, la de Abby y la de Josh se entremezclan y conforman la historia del libro. No tienen coincidencia entre ellas, más allá de que se trata de personas que se encuentran en una situación difícil al llegar al hostal y que el periodo que pasan aquí les sirve de cura y transición.
Esta novela no es de las que más me han gustado dentro del género feel good. Está llena de tópicos y hay situaciones, diálogos y personajes que me parecen obvios, predecibles y muy planos. Aun así, se lee rápido y es entretenida. Me recuerda a las pelis de serie B de los sábados por la tarde. Sabes lo que va a pasar nada más empezar y hay escenas de vergüenza ajena, pero te distrae un rato.
Ahora, si yo viviera dentro de un libro feel good, se vería seriamente comprometida mi línea. Todo el día tomando tés, cafés y deliciosos dulces. Se me hace la boca agua cada vez que leo cosas de este tipo. ¿Os pasa también?
Los dos huéspedes de El hostal de las ilusiones están muy dolidos por cosas que sucedieron en el pasado. Una de las cuestiones más importantes y difíciles en la historia es perdonarse a sí mismo y a los demás por determinados comportamientos. De hecho, aprender del pasado y dejarlo ir es algo que siempre nos resulta muy complicado.
Una de las razones por las que me gusta leer es aprender sobre la psicología de los personajes y la psicología en general. En este caso, esta afición me ha llevado a reflexionar sobre una serie de tips (sin ánimo de sentar bases teóricas de ningún tipo) para que los fallos del pasado me sirvan como aprendizaje y afrontar mejor el futuro:
¿Qué me ha hecho volver a este género? Supongo que necesitaba volver a sentir la calidez que transmiten estos libros. Lugares bonitos y personajes con problemas duros pero con afán de superación. Todo ello aderezado con conversaciones, reflexiones, tés, tartas, bizcochos,…
Después de perder a su marido en Afganistán, Jo Marie Rose deja su vida en Seattle y se traslada a Cedar Cove, un precioso pueblo costero, para regentar un hostal. A pesar de que no tiene experiencia previa, su ilusión, ganas de salir adelante y su deseo de aprender de la gente del pueblo, la ayudan a sacar adelante su negocio.
Sus primeros huéspedes son dos personas con historias difíciles. Abby vuelve al pueblo para la boda de su hermano después de que muchos años después saliera huyendo de allí por un accidente que marcaría su vida para siempre. En su llegada al pueblo, Abby tendrá que lidiar con los fantasmas del pasado y con una de las pruebas más duras a las que nos sometemos: perdonarnos a nosotros mismos.
El segundo huésped, Josh, regresa a Cedar Cove para reencontrarse con su padrastro, Richard, que está muy enfermo. La relación entre ambos siempre ha sido muy complicada, sobre todo tras la muerte de Teresa, la madre de Josh y segunda esposa de Richard, unos años antes. Durante los días de estancia en el pueblo, ayudado por una antigua amiga, Josh tiene que aprender a cerrar viejas heridas para poder pasar página y continuar su vida a pesar del pasado.
Las tres tramas, la de Jo Marie, la de Abby y la de Josh se entremezclan y conforman la historia del libro. No tienen coincidencia entre ellas, más allá de que se trata de personas que se encuentran en una situación difícil al llegar al hostal y que el periodo que pasan aquí les sirve de cura y transición.
Esta novela no es de las que más me han gustado dentro del género feel good. Está llena de tópicos y hay situaciones, diálogos y personajes que me parecen obvios, predecibles y muy planos. Aun así, se lee rápido y es entretenida. Me recuerda a las pelis de serie B de los sábados por la tarde. Sabes lo que va a pasar nada más empezar y hay escenas de vergüenza ajena, pero te distrae un rato.
Ahora, si yo viviera dentro de un libro feel good, se vería seriamente comprometida mi línea. Todo el día tomando tés, cafés y deliciosos dulces. Se me hace la boca agua cada vez que leo cosas de este tipo. ¿Os pasa también?
Perdonarnos a nosotros mismos y a los demás
Los dos huéspedes de El hostal de las ilusiones están muy dolidos por cosas que sucedieron en el pasado. Una de las cuestiones más importantes y difíciles en la historia es perdonarse a sí mismo y a los demás por determinados comportamientos. De hecho, aprender del pasado y dejarlo ir es algo que siempre nos resulta muy complicado.
Una de las razones por las que me gusta leer es aprender sobre la psicología de los personajes y la psicología en general. En este caso, esta afición me ha llevado a reflexionar sobre una serie de tips (sin ánimo de sentar bases teóricas de ningún tipo) para que los fallos del pasado me sirvan como aprendizaje y afrontar mejor el futuro:
- Tengo que ser consciente de lo que me está pasando, analizarlo, reflexionarlo, aceptarlo, aprender de ello y dejarlo ir siendo consciente de que en el presente y futuro tengo una lección que poner en práctica si vuelven a aparecer las mismas situaciones.
- Siempre me gusta hablar las cosas. Si el problema es algo conmigo misma, me apoyo en gente cercana y si es con alguien en concreto, me gusta abrirme y decirlo. He aprendido que las cosas enquistadas se hacen cada vez más grandes y que no hablar sobre algo no hace que ese algo desaparezca. Mejor aclararlo.
- Procuro ser parte activa, es decir, cuando nos victimizamos somos sujetos pasivos pero a mí me gusta más que las cosas dependan de mí, es decir, ser yo la parte activa, la que plantee alternativas y soluciones. Soy yo la responsable de mi vida y así quiero que siga siendo, para lo bueno y para lo malo.
- Tendemos a que nos atormente el pasado y nos preocupe el futuro. De esta manera, nos olvidamos del presente y vivimos regocijándonos en el dolor de lo que pasó o en la ansiedad de lo que está por venir. Mejor vivimos ahora y sentimos ahora.
- Cuando estemos enfadados con alguien, es importante empatizar y mirar las cosas desde su punto de vista. Desde que leí El gran Gatsby llevo conmigo el consejo que el señor Carraway le dio a su hijo cuando aún era un joven: “antes de criticar a nadie recuerda que todo el mundo no ha tenido las ventajas que has tenido tú”. Perdonar a los demás es quitarte un peso de encima tú mismo. Y si al que tienes que perdonar es a ti, doble peso que te quitas. Vale la pena al menos intentarlo.
15 de diciembre de 2016
Los millones de Brewster, de George Barr McCutcheon
Ya os he contado en este blog cientos de veces que soy fanincondicional de la literatura feel good; este año he leído varias novelas de
este tipo y todas me han encantado, por cierto. Pero un día, leyendo este artículo de Ateneo Literario de Mónica Serendipia, me produjo mucha pero que
mucha curiosidad que el libro que os vengo hoy a reseñar estuviera el primero
de una lista de 10 títulos imprescindibles de novela feelgood.
Se trata de Los millones de Brewster, de George Barr McCutcheon. Si os preguntáis qué fue lo que tanto me llamó la atención de él, os diré que fueron varias cosas: primero, que estuviera escrito en los años 20; segundo, que el protagonista fuera un personaje masculino; y, por último, que la historia tuviera que ver con dinero.
En un principio, ninguna de estas tres premisas encajaba con mi definición de literatura feel good pero todo quedó en meros prejuicios: primero, porque ya sabéis que los años 20 americanos se caracterizan por ser los Felices Años 20; además, a pesar de que el término feel good sea relativamente nuevo, el género ya tiene unos cuantos años, basta con echar un vistazo al listado del artículo que os comentaba antes.
Segundo, si bien es cierto que casi todos los libros feel good que he leído tienen como protagonista a una mujer, hay excepciones muy excepcionales como Brooklyn follies, de Paul Auster. Y, en tercer lugar, y a pesar de lo que pueda parecer, los millones son solo una excusa para que Monty Brewster descubra lo verdaderamente importante.
Por otro lado, Los millones de Brewster cumple todos los requisitos de una buena novela feel good, siempre desde mi punto de vista, claro: hay un personaje con una actitud fuerte y positiva ante la vida, que se enfrenta a un reto y consigue salir victorioso. El final, desde luego, es feliz, pero lo es porque el personaje va evolucionando y buscando para que así sea. También cumple una característica fundamental: se ambienta en lugares de ensueño por los que cualquiera querría pisar.¿O acaso no os gustaría hacer un crucero de tres meses por Europa, Asia y África desde Nueva York?
Con todo esto ya os podéis hacer a la idea: sí, el libro de Los millones de Brewster me ha encantado. Además, desborda Felices Años 20 por todos los poros y la verdad es que ese tipo de literatura me chifla.
Bueno, y después de seis párrafos os digo de qué va: Brewster es un joven americano prometedor que un buen día recibe un millón de dólares de la herencia de su abuelo. Unos días después, le informan de que ha heredado otra fortuna mucho mayor de un tío lejano. Sin embargo, para cobrarla, hay un requisito: tiene un año para gastar la herencia de su abuelo o se quedará sin nada.
Por supuesto, Monty acepta el reto y, aunque a priori parece el sueño de cualquiera, no le será tan fácil gastar ese millón de dólares porque: no le puede decir a nadie lo que pasa, tan solo lo saben sus abogados; no puede hacer donaciones extravagantes; tampoco puede comprar propiedades u otro tipo de bienes porque al cabo del año eso supondría que tendría bienes tangibles derivadas de la herencia de su abuelo. ¿Qué le queda, entonces? Fiestas, viajes, lujos,… pero la alta sociedad neoyorquina empezará a hablar y a cuchichear sobre el nuevo rico; ¡se ha vuelto loco de remate! Y lo peor, dentro de nada se quedará tirado en la calle.
Se trata de Los millones de Brewster, de George Barr McCutcheon. Si os preguntáis qué fue lo que tanto me llamó la atención de él, os diré que fueron varias cosas: primero, que estuviera escrito en los años 20; segundo, que el protagonista fuera un personaje masculino; y, por último, que la historia tuviera que ver con dinero.
En un principio, ninguna de estas tres premisas encajaba con mi definición de literatura feel good pero todo quedó en meros prejuicios: primero, porque ya sabéis que los años 20 americanos se caracterizan por ser los Felices Años 20; además, a pesar de que el término feel good sea relativamente nuevo, el género ya tiene unos cuantos años, basta con echar un vistazo al listado del artículo que os comentaba antes.
Segundo, si bien es cierto que casi todos los libros feel good que he leído tienen como protagonista a una mujer, hay excepciones muy excepcionales como Brooklyn follies, de Paul Auster. Y, en tercer lugar, y a pesar de lo que pueda parecer, los millones son solo una excusa para que Monty Brewster descubra lo verdaderamente importante.
Por otro lado, Los millones de Brewster cumple todos los requisitos de una buena novela feel good, siempre desde mi punto de vista, claro: hay un personaje con una actitud fuerte y positiva ante la vida, que se enfrenta a un reto y consigue salir victorioso. El final, desde luego, es feliz, pero lo es porque el personaje va evolucionando y buscando para que así sea. También cumple una característica fundamental: se ambienta en lugares de ensueño por los que cualquiera querría pisar.¿O acaso no os gustaría hacer un crucero de tres meses por Europa, Asia y África desde Nueva York?
Con todo esto ya os podéis hacer a la idea: sí, el libro de Los millones de Brewster me ha encantado. Además, desborda Felices Años 20 por todos los poros y la verdad es que ese tipo de literatura me chifla.
Bueno, y después de seis párrafos os digo de qué va: Brewster es un joven americano prometedor que un buen día recibe un millón de dólares de la herencia de su abuelo. Unos días después, le informan de que ha heredado otra fortuna mucho mayor de un tío lejano. Sin embargo, para cobrarla, hay un requisito: tiene un año para gastar la herencia de su abuelo o se quedará sin nada.
Por supuesto, Monty acepta el reto y, aunque a priori parece el sueño de cualquiera, no le será tan fácil gastar ese millón de dólares porque: no le puede decir a nadie lo que pasa, tan solo lo saben sus abogados; no puede hacer donaciones extravagantes; tampoco puede comprar propiedades u otro tipo de bienes porque al cabo del año eso supondría que tendría bienes tangibles derivadas de la herencia de su abuelo. ¿Qué le queda, entonces? Fiestas, viajes, lujos,… pero la alta sociedad neoyorquina empezará a hablar y a cuchichear sobre el nuevo rico; ¡se ha vuelto loco de remate! Y lo peor, dentro de nada se quedará tirado en la calle.
El gran despilfarro
A pesar de que el título de este destacado bien podría atribuirse a los escándalos de corrupción que asolan nuestro país, en realidad El gran despilfarro es el título de la película en castellano que se hizo de Los millones de Brewster. Os quería dejar este pequeño clip para que veáis las condiciones de Monty a la hora de gastar el dinero para cobrar “la otra herencia” (eso sí, en la película son 30 millones de dólares porque es de 1985 y parece ser que un millón se quedaba corto).
A pesar de que el título de este destacado bien podría atribuirse a los escándalos de corrupción que asolan nuestro país, en realidad El gran despilfarro es el título de la película en castellano que se hizo de Los millones de Brewster. Os quería dejar este pequeño clip para que veáis las condiciones de Monty a la hora de gastar el dinero para cobrar “la otra herencia” (eso sí, en la película son 30 millones de dólares porque es de 1985 y parece ser que un millón se quedaba corto).
29 de noviembre de 2016
Un hotel en ninguna parte, de Mónica Gutiérrez
Estaba yo pensando que hacía tiempo que no leía una novela de esas que me gustan tanto, o sea, una novela feel good. Y, a pesar de que ya había comenzado Mi Londres, de Simonetta Agnello Hornby, tenía la necesidad de encontrarme de cara con una historia que me hiciese sentir bien, como en casa. Así que eché un vistazo a mi lista de pendientes y allí estaban los primeros libros de Mónica Guitiérrez, escritora de feel good allá donde las haya. Tras leer hace un tiempo El noviembre de Kate, ahora he hecho un precioso retiro en Un hotel en ninguna parte.
Emma es una violinista a la que un día se le desmorona el castillo de naipes que sustentaba su vida. Alentada por su amiga Anna, acepta un trabajo de camarera de piso en un hotel escondido en un bosque cerca de Barcelona. A pesar de que su nueva situación poco tiene que ver con su vida anterior, Emma sabe que esta oportunidad que la han brindado tiene que aprovecharla para dejar atrás todo lo que ha pasado y prepararse para mirar hacia el futuro. Lo que no sabe el día que aterriza por primera vez en El Bosc de les Fades es que su misión va a ser bastante fácil de cumplir.
Rodeada de un paisaje espectacular, unos compañeros que pasarán a ser amigos rápidamente, tés, dulces, recitales de violín y de piano, jardines de ensueño y bonitismo en general, a Emma enseguida empiezan a brillarle los ojos otra vez (a lo que ayuda también la presencia de Samuel, uno de los dueños del hotel).
Los días de Emma pasan entre la tranquilidad que supone un hotel perdido en medio de un bosque en invierno, con casi ningún huésped y pocas tareas que hacer. Las charlas, las noches de insomnio compartidas, la música de sus instrumentos y amor, mucho amor, hacen que su alma vaya poco a poco curando. A la vez, ayuda a Samuel a conseguir aquello por lo que lucha desde hace tiempo: que se le reconozca la propiedad de los caminos y del bosque aledaño al hotel.
Durante su estancia en El Bosc de les Fades, Emma está arropada por unos personajes entrañables (un escritor Premio Nobel, un cocinero roquero, una compañera entrañable y su hija, un mujeriego encantador, un recepcionista gruñón,…) que la guiarán en su camino de recuperación… Hasta que un día recibe una oferta para trabajar en una orquesta lejos del hotel y tiene que decidir cuál es el próximo paso que debe dar.
El día a día y las anécdotas nos llegan a los lectores a través de los correos electrónicos que Emma le envía a su amiga Anna y los dueños del hotel a su madre. Son, por así decirlo, capítulos cortitos, escritos con mucho gusto y que te hacen querer vivir en ese hotel con toda esa gente. La segunda vez que quiero quedarme a vivir en un lugar que inventa Mónica Gutiérrez para sus personajes :)
Hay muchos elementos de Un hotel en ninguna parte que me recuerdan a El noviembre de Kate: el pelo pelirrojo de la protagonista, las bufandas que usa, el jardín, el hotel (la casa de madera de Norman como refugio) y, sobre todo, algo que caracteriza a las novelas feel good: optimismo, situaciones y cosas que nos hacen sentir bien.
Ya sabéis que un libro de este género, por definición, acaba bien. Pero el final de la historia de Emma tendréis que descubrirlo por vosotros mismos reservando habitación en El Bosc de les Fades.
El té, los dulces y la buena comida están presentes durante todo el libro de la mano de Joaquim, el cocinero de El Bosc de les Fades, y de la señora Povedy, la encargada de la tienda de tés del pueblo.
Yo, que no soy una aficionada al té, he recibido ciertas señales últimamente de que quizá debería probar la experiencia. Mi reticencia viene principalmente porque, para que me sepa bien, tengo que añadirle bastante azúcar y ya sabemos que el azúcar en exceso no es nada bueno. Pero una amiga me dijo hace poco que justamente la idea es hacer una mezcla de varios sabores para echar poco de menos el dulzor del azúcar. Y otro amigo me dijo que probara a echarle un chorrito de leche.
Entendidos y entendidas en té: no os escandalicéis si he dicho algo raro. Admito sugerencias para probar con esta nueva afición. De momento, me quedo con la respuesta que me ha dado San Google a mi pregunta: ¿cómo es un verdadero té inglés?
Emma es una violinista a la que un día se le desmorona el castillo de naipes que sustentaba su vida. Alentada por su amiga Anna, acepta un trabajo de camarera de piso en un hotel escondido en un bosque cerca de Barcelona. A pesar de que su nueva situación poco tiene que ver con su vida anterior, Emma sabe que esta oportunidad que la han brindado tiene que aprovecharla para dejar atrás todo lo que ha pasado y prepararse para mirar hacia el futuro. Lo que no sabe el día que aterriza por primera vez en El Bosc de les Fades es que su misión va a ser bastante fácil de cumplir.
Rodeada de un paisaje espectacular, unos compañeros que pasarán a ser amigos rápidamente, tés, dulces, recitales de violín y de piano, jardines de ensueño y bonitismo en general, a Emma enseguida empiezan a brillarle los ojos otra vez (a lo que ayuda también la presencia de Samuel, uno de los dueños del hotel).
Los días de Emma pasan entre la tranquilidad que supone un hotel perdido en medio de un bosque en invierno, con casi ningún huésped y pocas tareas que hacer. Las charlas, las noches de insomnio compartidas, la música de sus instrumentos y amor, mucho amor, hacen que su alma vaya poco a poco curando. A la vez, ayuda a Samuel a conseguir aquello por lo que lucha desde hace tiempo: que se le reconozca la propiedad de los caminos y del bosque aledaño al hotel.
Durante su estancia en El Bosc de les Fades, Emma está arropada por unos personajes entrañables (un escritor Premio Nobel, un cocinero roquero, una compañera entrañable y su hija, un mujeriego encantador, un recepcionista gruñón,…) que la guiarán en su camino de recuperación… Hasta que un día recibe una oferta para trabajar en una orquesta lejos del hotel y tiene que decidir cuál es el próximo paso que debe dar.
El día a día y las anécdotas nos llegan a los lectores a través de los correos electrónicos que Emma le envía a su amiga Anna y los dueños del hotel a su madre. Son, por así decirlo, capítulos cortitos, escritos con mucho gusto y que te hacen querer vivir en ese hotel con toda esa gente. La segunda vez que quiero quedarme a vivir en un lugar que inventa Mónica Gutiérrez para sus personajes :)
Hay muchos elementos de Un hotel en ninguna parte que me recuerdan a El noviembre de Kate: el pelo pelirrojo de la protagonista, las bufandas que usa, el jardín, el hotel (la casa de madera de Norman como refugio) y, sobre todo, algo que caracteriza a las novelas feel good: optimismo, situaciones y cosas que nos hacen sentir bien.
Ya sabéis que un libro de este género, por definición, acaba bien. Pero el final de la historia de Emma tendréis que descubrirlo por vosotros mismos reservando habitación en El Bosc de les Fades.
El té inglés
El té, los dulces y la buena comida están presentes durante todo el libro de la mano de Joaquim, el cocinero de El Bosc de les Fades, y de la señora Povedy, la encargada de la tienda de tés del pueblo.
Yo, que no soy una aficionada al té, he recibido ciertas señales últimamente de que quizá debería probar la experiencia. Mi reticencia viene principalmente porque, para que me sepa bien, tengo que añadirle bastante azúcar y ya sabemos que el azúcar en exceso no es nada bueno. Pero una amiga me dijo hace poco que justamente la idea es hacer una mezcla de varios sabores para echar poco de menos el dulzor del azúcar. Y otro amigo me dijo que probara a echarle un chorrito de leche.
Entendidos y entendidas en té: no os escandalicéis si he dicho algo raro. Admito sugerencias para probar con esta nueva afición. De momento, me quedo con la respuesta que me ha dado San Google a mi pregunta: ¿cómo es un verdadero té inglés?
5 de octubre de 2016
La librería de los finales felices, de Katarina Bivald
Ya os he venido hablando en estos últimos tiempos acerca de mi descubrimiento del género feel good como tal. Desde luego que había leído novelas de este tipo, pero no había acabado de clasificarlas hasta que un buen día de hace unas semanas lo descubrí por casualidad. Después de esto, intenté hacer una lista de novelas feel good que tenía ganas de leer y empecé por la que os voy a reseñar hoy, La librería de los finales felices, de Katarina Bivald.
El año pasado más o menos por estas fechas leí una feel good con un título parecido, La librería de las nuevas oportunidades, de Anjali Banerjee. Creo que en casi todas las novelas de este género que he leído los libros en particular y las librerías en general son un personaje más, como lo son los escenarios en los que se desarrolla la acción.
Si hay algo que me ha gustado de este libro es la cantidad de recomendaciones interesantes que aporta (a veces hay que tener cuidado porque desgracia algún que otro argumento), sobre todo de literatura norteamericana. Por ejemplo, me he apuntado en los pendientes libros de Moa Martisson o Joyce Carol Oates.
Y, fijaos como es la cosa que, cuando iba por la mitad de la novela, más o menos, me encontré esto: “La gente solía pensar que las novelas feel good eran historias felices y banales, pero una auténtica feel good no se merecía ese nombre si no contaba con un par de asesinatos, accidentes, catástrofes y fallecimientos […] De lo que se trataba era de que no terminaran mal. Eran libros que uno acaba con una sonrisa, libros que hacían pensar que el mundo estaba un poco más loco, raro y bonito cuando levantaba la mirada de sus páginas”.
Y, efectivamente, tal como os comentaba en la newsletter de la semana pasada, entre las feel good que yo os recomiendo en el blog hay personajes que sufren enfermedades duras, otros pierden familiares o amigos, algunos sufren separaciones o incluso hay quienes experimentan crisis de identidad. Pero en todos esos libros, sin excepción, el personaje trabaja tanto para salir adelante que la historia siempre termina bien.
Por ese lado (el de la metaliteratura, por así decirlo), La librería de los finales felices ha sido una lectura de la que he sacado bastante provecho. Sin embargo, a pesar de que existen pasajes estupendos, se me ha hecho un poco larga. Veamos.
Sara Lindqvist es una chica sueca que vive de forma solitaria entre sus libros. La pérdida de su trabajo en una librería coincide con la invitación de su amiga Amy Harris, con la que se cartea e intercambia libros, para que la visite en Broken Wheel, un pequeño pueblo de Iowa, en Estados Unidos.
Sin embargo, el viaje que Sara había planeado se trastoca cuando, al llegar a Broken Wheel descubre que Amy, que es una anciana, acaba de morir. A partir de ese momento, Sara, que es bastante solitaria, tendrá que aprender a sentirse querida por los habitantes de este pueblo que, a pesar de ser extraños, se comportan de manera muy hospitalaria.
George, Jen, Caroline, John, Grace, Claire, Josh y Tom, entre otros, harán que Sara se sienta como en casa en un lugar perdido del mundo a muchos miles de kilómetros de su Suecia natal. Cada uno de ellos aportará su particular granito de arena para poner en marcha una especie librería en homenaje a Amy y a sus libros, gracias a la cual Sara empezará a sentirse parte del elenco de vecinos de Broken Wheel. Pero no solo eso, la librería también ayudará al pueblo y a sus habitantes a despertar, a sentirse importantes y a resolver problemas de carácter personal y colectivo.
El problema surge cuando Sara, que solo tiene un visado de turista para tres meses, se tiene que plantear la vuelta a Suecia. ¿Cómo se las apañarán para que pueda quedarse?
Suena interesante, ¿verdad? Lo es, además tiene rasgos típicos de las novelas feel good que están muy bien desarrollados, como el escenario en el que sucede todo, Broken Wheel, un pueblo (inventado) de Iowa de la América profunda rodeada de maizales y en vías de quedarse desierto por las migraciones interiores a las ciudades. La presentación coral de personajes también me ha entusiasmado porque cuadra perfectamente con el ambiente y con la sensación de unidad que transmite el libro.
Entonces, ¿por qué digo que se ha hecho un poco larga? Sobre todo en el último tercio de la novela se desarrollan tramas de personajes secundarios (por ejemplo, la de Caroline) que creo que se desvían de la trama principal sin llegar a aportar demasiado. Si la autora se hubiese centrado más en la historia de Sara y desarrollado menos las de los otros personajes, el libro hubiera quedado más ligero y dinámico.
Aun así, si te gusta el género feel good, es una novela que puedes incluir en tu lista, y de la que puedes disfrutar por cosas como el ambiente, la presentación coral de los personajes o la metaliteratura que vas a encontrar entre sus páginas.
Quería dejaros una reflexión del libro que me ha parecido súper interesante y con la que no puedo estar más de acuerdo. Es esta:
El año pasado más o menos por estas fechas leí una feel good con un título parecido, La librería de las nuevas oportunidades, de Anjali Banerjee. Creo que en casi todas las novelas de este género que he leído los libros en particular y las librerías en general son un personaje más, como lo son los escenarios en los que se desarrolla la acción.
Si hay algo que me ha gustado de este libro es la cantidad de recomendaciones interesantes que aporta (a veces hay que tener cuidado porque desgracia algún que otro argumento), sobre todo de literatura norteamericana. Por ejemplo, me he apuntado en los pendientes libros de Moa Martisson o Joyce Carol Oates.
Y, fijaos como es la cosa que, cuando iba por la mitad de la novela, más o menos, me encontré esto: “La gente solía pensar que las novelas feel good eran historias felices y banales, pero una auténtica feel good no se merecía ese nombre si no contaba con un par de asesinatos, accidentes, catástrofes y fallecimientos […] De lo que se trataba era de que no terminaran mal. Eran libros que uno acaba con una sonrisa, libros que hacían pensar que el mundo estaba un poco más loco, raro y bonito cuando levantaba la mirada de sus páginas”.
Y, efectivamente, tal como os comentaba en la newsletter de la semana pasada, entre las feel good que yo os recomiendo en el blog hay personajes que sufren enfermedades duras, otros pierden familiares o amigos, algunos sufren separaciones o incluso hay quienes experimentan crisis de identidad. Pero en todos esos libros, sin excepción, el personaje trabaja tanto para salir adelante que la historia siempre termina bien.
Por ese lado (el de la metaliteratura, por así decirlo), La librería de los finales felices ha sido una lectura de la que he sacado bastante provecho. Sin embargo, a pesar de que existen pasajes estupendos, se me ha hecho un poco larga. Veamos.
Sara Lindqvist es una chica sueca que vive de forma solitaria entre sus libros. La pérdida de su trabajo en una librería coincide con la invitación de su amiga Amy Harris, con la que se cartea e intercambia libros, para que la visite en Broken Wheel, un pequeño pueblo de Iowa, en Estados Unidos.
Sin embargo, el viaje que Sara había planeado se trastoca cuando, al llegar a Broken Wheel descubre que Amy, que es una anciana, acaba de morir. A partir de ese momento, Sara, que es bastante solitaria, tendrá que aprender a sentirse querida por los habitantes de este pueblo que, a pesar de ser extraños, se comportan de manera muy hospitalaria.
George, Jen, Caroline, John, Grace, Claire, Josh y Tom, entre otros, harán que Sara se sienta como en casa en un lugar perdido del mundo a muchos miles de kilómetros de su Suecia natal. Cada uno de ellos aportará su particular granito de arena para poner en marcha una especie librería en homenaje a Amy y a sus libros, gracias a la cual Sara empezará a sentirse parte del elenco de vecinos de Broken Wheel. Pero no solo eso, la librería también ayudará al pueblo y a sus habitantes a despertar, a sentirse importantes y a resolver problemas de carácter personal y colectivo.
El problema surge cuando Sara, que solo tiene un visado de turista para tres meses, se tiene que plantear la vuelta a Suecia. ¿Cómo se las apañarán para que pueda quedarse?
Suena interesante, ¿verdad? Lo es, además tiene rasgos típicos de las novelas feel good que están muy bien desarrollados, como el escenario en el que sucede todo, Broken Wheel, un pueblo (inventado) de Iowa de la América profunda rodeada de maizales y en vías de quedarse desierto por las migraciones interiores a las ciudades. La presentación coral de personajes también me ha entusiasmado porque cuadra perfectamente con el ambiente y con la sensación de unidad que transmite el libro.
Entonces, ¿por qué digo que se ha hecho un poco larga? Sobre todo en el último tercio de la novela se desarrollan tramas de personajes secundarios (por ejemplo, la de Caroline) que creo que se desvían de la trama principal sin llegar a aportar demasiado. Si la autora se hubiese centrado más en la historia de Sara y desarrollado menos las de los otros personajes, el libro hubiera quedado más ligero y dinámico.
Aun así, si te gusta el género feel good, es una novela que puedes incluir en tu lista, y de la que puedes disfrutar por cosas como el ambiente, la presentación coral de los personajes o la metaliteratura que vas a encontrar entre sus páginas.
Reflexión acerca de los clásicos como obligación
Quería dejaros una reflexión del libro que me ha parecido súper interesante y con la que no puedo estar más de acuerdo. Es esta:
“Pero no me parece que la justicia sea el principal argumento contra las listas de clásicos. O bueno, en cierto modo sí que es una cuestión de justicia, pero no contra los que no aparecen en las listas. No, los que a mí me despiertan compasión son, precisamente, los que consiguen meterse en ellas […] Los críticos y planes de estudios deberían rendir cuentas de cómo consiguen que los chavales vean una historia de rebelión, aventura y chulería (Huckleberry Finn) como una obligación y deberes para la escuela”.
3 de octubre de 2016
Entrevista a Mónica Gutiérrez, autora de El noviembre de Kate
Definitivamente, septiembre fue mi mes feel good. Estas últimas semanas os he ido contando aquí y aquí que, con esta expresión, por fin he podido dar nombre a un género que no sabía que existía pero del que estaba empezando a hacer un buen acopio de lecturas.
He creado una nueva sección en el blog para dejar constancia de todo aquello que me recuerde al género: recomendaciones de libros feel good, reflexiones,... y ahora también ¡entrevistas! Sí, porque hace un par de semanas me puse en contacto con Mónica Gutiérrez (Serendipia) para saber si ella me respondería a unas preguntas acerca de su último libro publicado, El noviembre de Kate, y de las novelas feel good y me dijo que ¡por supuesto!
Así que aquí está, espero que la disfrutéis.
Pregunta: Hace poco tiempo descubrí el término feel good aplicado a la literatura. Fue justo cuando entré en la ficha que Roca Editorial tiene de tu nuevo libro, El noviembre de Kate, en su web. Y, de esta manera, encontré uno de los géneros con los que más me identifico. ¿Qué es para ti el movimiento feel good?
Respuesta: La literatura feelgood tiene sus años dorados durante la segunda mitad del siglo XX, en Gran Bretaña. Aunque tiene antecedentes a finales del siglo XIX y en los felices años 20 del siglo XX, surgió con fuerza durante la II Guerra Mundial. En Inglaterra, la población civil no solo tenía a sus seres queridos en el frente, sino que además soportaba bombardeos de la luftware, el bloqueo de los submarinos alemanes (escasez de algunos alimentos, cartillas de racionamiento, etc.), movilizaciones, restricciones energéticas, etc. Para contrarrestar esta angustia de su día a día, para ofrecer a los lectores cansados y a menudo asustados, un rato de evasión y entretenimiento con un libro en las manos empezaron a publicarse una serie de novelas de ficción que descartaban el realismo y la gravedad.
Que ahora se retome el género feelgood tiene todo el sentido del mundo porque la coyuntura actual es bastante peliaguda a nuestro alrededor: desempleo, desahucios, enfermedades, desnutrición infantil, cambio climático, etc. Los lectores necesitan un respiro, necesitan un libro en donde olvidar unos instantes el ruido y el estrés, las preocupaciones y problemas, que le asedian en su cotidianidad.
La literatura feelgood ofrece un oasis de paz y bienestar, es una historia de ficción en donde el lector va a sentirse en paz, tranquilo, a gusto y arropado por personajes positivos, paisajes encantadores, atmósferas acogedoras, mucho sentido del humor y un final feliz. Todo esto lo explico mucho mejor y con más detalle en el taller de narrativa feelgood que imparto en Ateneo Literario y que es pionero en España.
P: En mi opinión, una de las características clave de las novelas feel good son los escenarios. En El noviembre de Kate hay tres que me han cautivado: el jardín selva del edificio en ruinas, la casa de Norman Berck y la buhardilla de la radio. ¿En qué te has inspirado para recrear esos espacios y para que los lectores queramos quedarnos a dormir en la casa de las tres chimeneas, por poner un ejemplo?
R: Cierto, los escenarios son uno de los puntales imprescindibles del género, ayudan a crear la atmósfera apropiada. El jardín, la casa de las chimeneas, el bar escondido y la radio son lugares que solo existen en mi imaginación pero sí que están inspirados en lugares reales: el jardín dentro de un edificio muy viejo surgió mientras paseaba por un parque en ruinas, la radio en la buhardilla tiene mucho de la emisora en la que trabajé un tiempo y mientras escribía sobre la casa de las tres chimeneas pensaba en esos cottages tan cuquis de la campiña inglesa. El bar escondido no existe pero el hotel Ambassador de Coleridge está inspirado en un hotel muy peculiar de mi ciudad.
Intento crear espacios en donde el lector pueda sentirse a gusto; me recompensa pensar que el lector desea quedarse un ratito en ellos para olvidarse un instante de las noticias del telediario o de lo desagradables que son los vecinos del quinto.
P: Uno de los pasajes más esclarecedores para mí de la novela es en el que Kate toma té con Dolores Weissman. Después de escuchar su historia, Kate dice algo así como que “la vida es mucho más interesante de lo que creemos, siempre que estemos dispuestos a tener bien abiertos los ojos y los oídos. Si hubiese prestado más atención a todo lo que me rodeaba, quizás no habría caído en la espiral de melancólica tristeza en la que me había acostumbrado a vivir…”. ¿Qué suponen en la novela personajes como Dolores Weismman y Marisa, la oyente que fue despedida por modificar el orden establecido en la librería?
R: Son hadas, personajes capaces de abrir los ojos a aquellos que se han quedado bloqueados y que ya no ven más allá de sus narices. En la vida real estas personas están por todas partes para darnos un toque de atención pero no siempre las escuchamos. No hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver.
Kate tenía todo en su vida para ser feliz, si se hubiese fijado mejor en los detalles habría sido capaz de darse cuenta de lo interesante que podía ser su rutina, de que podría haberle sacado mucho más partido.
P: La tormenta, que se ve venir pero a la que nadie hace caso en la espiral maratoniana de sus vidas, supone un punto de inflexión en el que Kate y Don se ven obligados a parar y a reflexionar. La charla junto al fuego, las reuniones en torno a una mesa, desayunar tortitas, amasar pan, vestir ropa caliente cuando fuera hace frío, disfrutar del paisaje desde una ventana,... ¿Cuánto influyen los pequeños detalles en las decisiones que Kate y Don toman tras la tormenta? ¿Crees que sabemos realmente apreciarlos en nuestro día a día?
R: Los detalles son las bisagras del universo. Los detalles lo son todo, la atención que les prestemos marcará la diferencia entre una rutina y un momento especial. La tormenta me sirvió como detonante para muchas cosas pero también para mantener en un mismo espacio a dos personajes que ya estaban aislados del mundo antes de que la nieve lo hiciese definitivamente.
Una vez una amiga me dijo que los problemas no se arreglaban tomando una taza de té con un pedazo de bizcocho. Cierto, pero tener a alguien con quién tomarse una taza de té y comerse un buen pedazo de riquísima tarta en un lugar agradable ayuda muchísimo a reunir fuerzas para enfrentarse al problema y solucionarlo, a enfocarlo con más sentido del humor. Por muy mal que vayan las cosas, el sentido del humor debería ser lo último que perdemos.
P: Para concluir, me gustaría saber cuál fue el origen de El noviembre de Kate, de dónde surgió esta historia y el resto de historias feel good que has escrito.
R: Todas mis historias y personajes son ficción pero están respaldadas por mi experiencia emocional. Más de una vez he tenido que empezar de nuevo, tomar un nuevo camino, reinventarme. En mis novelas, es habitual que los protagonistas estén en ese punto, en el de empezar a vivir una nueva vida porque la anterior les ha convertido en personas tristes y era un callejón sin salida. Aprenden a mirar el mundo de otra manera y suelen hacerlo en lugares pequeños y rodeados de buenas personas. Ese es otro punto del feelgood, sus personajes siempre dan lo mejor de sí mismos.
He creado una nueva sección en el blog para dejar constancia de todo aquello que me recuerde al género: recomendaciones de libros feel good, reflexiones,... y ahora también ¡entrevistas! Sí, porque hace un par de semanas me puse en contacto con Mónica Gutiérrez (Serendipia) para saber si ella me respondería a unas preguntas acerca de su último libro publicado, El noviembre de Kate, y de las novelas feel good y me dijo que ¡por supuesto!
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| Mónica Gutiérrez en la presentación de El noviembre de Kate en Barcelona. Fotografía aquí. |
Así que aquí está, espero que la disfrutéis.
Pregunta: Hace poco tiempo descubrí el término feel good aplicado a la literatura. Fue justo cuando entré en la ficha que Roca Editorial tiene de tu nuevo libro, El noviembre de Kate, en su web. Y, de esta manera, encontré uno de los géneros con los que más me identifico. ¿Qué es para ti el movimiento feel good?
Respuesta: La literatura feelgood tiene sus años dorados durante la segunda mitad del siglo XX, en Gran Bretaña. Aunque tiene antecedentes a finales del siglo XIX y en los felices años 20 del siglo XX, surgió con fuerza durante la II Guerra Mundial. En Inglaterra, la población civil no solo tenía a sus seres queridos en el frente, sino que además soportaba bombardeos de la luftware, el bloqueo de los submarinos alemanes (escasez de algunos alimentos, cartillas de racionamiento, etc.), movilizaciones, restricciones energéticas, etc. Para contrarrestar esta angustia de su día a día, para ofrecer a los lectores cansados y a menudo asustados, un rato de evasión y entretenimiento con un libro en las manos empezaron a publicarse una serie de novelas de ficción que descartaban el realismo y la gravedad.
Que ahora se retome el género feelgood tiene todo el sentido del mundo porque la coyuntura actual es bastante peliaguda a nuestro alrededor: desempleo, desahucios, enfermedades, desnutrición infantil, cambio climático, etc. Los lectores necesitan un respiro, necesitan un libro en donde olvidar unos instantes el ruido y el estrés, las preocupaciones y problemas, que le asedian en su cotidianidad.
La literatura feelgood ofrece un oasis de paz y bienestar, es una historia de ficción en donde el lector va a sentirse en paz, tranquilo, a gusto y arropado por personajes positivos, paisajes encantadores, atmósferas acogedoras, mucho sentido del humor y un final feliz. Todo esto lo explico mucho mejor y con más detalle en el taller de narrativa feelgood que imparto en Ateneo Literario y que es pionero en España.
P: En mi opinión, una de las características clave de las novelas feel good son los escenarios. En El noviembre de Kate hay tres que me han cautivado: el jardín selva del edificio en ruinas, la casa de Norman Berck y la buhardilla de la radio. ¿En qué te has inspirado para recrear esos espacios y para que los lectores queramos quedarnos a dormir en la casa de las tres chimeneas, por poner un ejemplo?
R: Cierto, los escenarios son uno de los puntales imprescindibles del género, ayudan a crear la atmósfera apropiada. El jardín, la casa de las chimeneas, el bar escondido y la radio son lugares que solo existen en mi imaginación pero sí que están inspirados en lugares reales: el jardín dentro de un edificio muy viejo surgió mientras paseaba por un parque en ruinas, la radio en la buhardilla tiene mucho de la emisora en la que trabajé un tiempo y mientras escribía sobre la casa de las tres chimeneas pensaba en esos cottages tan cuquis de la campiña inglesa. El bar escondido no existe pero el hotel Ambassador de Coleridge está inspirado en un hotel muy peculiar de mi ciudad.
Intento crear espacios en donde el lector pueda sentirse a gusto; me recompensa pensar que el lector desea quedarse un ratito en ellos para olvidarse un instante de las noticias del telediario o de lo desagradables que son los vecinos del quinto.
P: Uno de los pasajes más esclarecedores para mí de la novela es en el que Kate toma té con Dolores Weissman. Después de escuchar su historia, Kate dice algo así como que “la vida es mucho más interesante de lo que creemos, siempre que estemos dispuestos a tener bien abiertos los ojos y los oídos. Si hubiese prestado más atención a todo lo que me rodeaba, quizás no habría caído en la espiral de melancólica tristeza en la que me había acostumbrado a vivir…”. ¿Qué suponen en la novela personajes como Dolores Weismman y Marisa, la oyente que fue despedida por modificar el orden establecido en la librería?
R: Son hadas, personajes capaces de abrir los ojos a aquellos que se han quedado bloqueados y que ya no ven más allá de sus narices. En la vida real estas personas están por todas partes para darnos un toque de atención pero no siempre las escuchamos. No hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver.
Kate tenía todo en su vida para ser feliz, si se hubiese fijado mejor en los detalles habría sido capaz de darse cuenta de lo interesante que podía ser su rutina, de que podría haberle sacado mucho más partido.
P: La tormenta, que se ve venir pero a la que nadie hace caso en la espiral maratoniana de sus vidas, supone un punto de inflexión en el que Kate y Don se ven obligados a parar y a reflexionar. La charla junto al fuego, las reuniones en torno a una mesa, desayunar tortitas, amasar pan, vestir ropa caliente cuando fuera hace frío, disfrutar del paisaje desde una ventana,... ¿Cuánto influyen los pequeños detalles en las decisiones que Kate y Don toman tras la tormenta? ¿Crees que sabemos realmente apreciarlos en nuestro día a día?
R: Los detalles son las bisagras del universo. Los detalles lo son todo, la atención que les prestemos marcará la diferencia entre una rutina y un momento especial. La tormenta me sirvió como detonante para muchas cosas pero también para mantener en un mismo espacio a dos personajes que ya estaban aislados del mundo antes de que la nieve lo hiciese definitivamente.
Una vez una amiga me dijo que los problemas no se arreglaban tomando una taza de té con un pedazo de bizcocho. Cierto, pero tener a alguien con quién tomarse una taza de té y comerse un buen pedazo de riquísima tarta en un lugar agradable ayuda muchísimo a reunir fuerzas para enfrentarse al problema y solucionarlo, a enfocarlo con más sentido del humor. Por muy mal que vayan las cosas, el sentido del humor debería ser lo último que perdemos.
P: Para concluir, me gustaría saber cuál fue el origen de El noviembre de Kate, de dónde surgió esta historia y el resto de historias feel good que has escrito.
R: Todas mis historias y personajes son ficción pero están respaldadas por mi experiencia emocional. Más de una vez he tenido que empezar de nuevo, tomar un nuevo camino, reinventarme. En mis novelas, es habitual que los protagonistas estén en ese punto, en el de empezar a vivir una nueva vida porque la anterior les ha convertido en personas tristes y era un callejón sin salida. Aprenden a mirar el mundo de otra manera y suelen hacerlo en lugares pequeños y rodeados de buenas personas. Ese es otro punto del feelgood, sus personajes siempre dan lo mejor de sí mismos.
30 de septiembre de 2016
[5] El feel good me encuentra de nuevo, lectura top 10 y mientras que la música dure
¿No os ha pasado nunca que cuando aprendes un término nuevo lo ves después por todos lados? No sé exactamente la razón de este fenómeno, aunque probablemente sea porque desde ese momento eres consciente de que “eso” existe. Con lo cual, el verdadero “clic” está en el momento en que descubrimos que esa palabra, expresión, o lo que sea, nos interesa.
Como ya os comenté la semana pasada, yo hallé el término feel good hace apenas un par de semanas después de algún tiempo sabiendo que algunas de mis novelas favoritas tenían cosas en común que no me encajaban en ningún género en particular.
Después de este descubrimiento, hice una lista con novelas que encontré clasificadas como feel good y comencé a leer. Me decidí primero por La librería de los finales felices, de Katarina Bivald, un libro del que, por cierto, estoy sacando muchísimas recomendaciones interesantes. Y, fijaos como es la cosa que, cuando iba por la mitad de la novela, más o menos, me encontré esto:
“La gente solía pensar que las novelas feel good eran historias felices y banales, pero una auténtica feel good no se merecía ese nombre si no contaba con un par de asesinatos, accidentes, catástrofes y fallecimientos […] De lo que se trataba era de que no terminaran mal. Eran libros que uno acaba con una sonrisa, libros que hacían pensar que el mundo estaba un poco más loco, raro y bonito cuando levantaba la mirada de sus páginas”.
Casualidad o no, me topé con una nueva definición de novela feel good que no esperaba y que ahonda un poco más en alguna de las características del género: en los libros feel good también pasan cosas malas. Por ejemplo, entre las que yo os recomiendo en el blog hay personajes que sufren enfermedades duras, otros pierden familiares o amigos, algunos sufren separaciones o incluso hay quienes experimentan crisis de identidad. Pero en todos esos libros, sin excepción, el personaje trabaja tanto para salir adelante que la historia siempre termina bien.
Mi inmersión en el género también me ha llevado a leer esta semana una de los libros que va directo a mi top 10 de este año: El noviembre de Kate, de Mónica Gutiérrez, una novela entrañable en la que hay elementos dramáticos, por supuesto. En este caso, Kate, la chica del pelo esponjoso, las bufandas largas de colores y los zapatos de bruja buena, tiene que deshacerse del caparazón que la envuelve para protegerse de un jefe déspota, un trabajo mecánico, una familia que la ignora y un corazón dolorido que no le permite disfrutar de las pequeñas cosas de la vida.
Lo bonito de esta novela y de las demás del género, o por lo menos lo que más me gusta a mí, es que vas viendo la evolución del personaje, progresivamente: sus dudas, sus problemas, sus esfuerzos, sus decisiones,… Y, al final, nos encontramos con alguien que ha comprendido la situación, que ha evolucionado y que ha mejorado su versión. Fijaos que no me refiero a “persona nueva” porque eso implicaría que se obvia el proceso de aprendizaje por el que pasa, que en realidad es lo más importante.
Entrevista a Mónica Serendipia
Para la semana que viene tengo más feel good porque os adelanto que me puse en contacto con Mónica Gutiérrez (Serendipia) para saber si ella me respondería a unas preguntas acerca de El noviembre de Kate y de las novelas feel good y me dijo que ¡por supuesto! Así que comenzaré octubre publicando esta entrevista en la que, de nuevo aprenderemos muchas cosas sobre el género feel good.
Un adelanto: ¿Sabíais que los años dorados de la literatura feel good fueron durante la segunda mitad del siglo XX, coincidiendo con la II Guerra Mundial? Para contrarrestar la angustia del día a día de la población civil, para ofrecer a los lectores cansados y a menudo asustados, un rato de evasión y entretenimiento con un libro en las manos empezaron a publicarse una serie de novelas de ficción que descartaban el realismo y la gravedad.
#ColectivoDetroit
Esta semana he participado en mi segundo reto del #ColectivoDetroit, que consistía en escribir algo mientras durara la música de entre cuatro canciones escogidas por mí. Al terminar la lista de reproducción, se acababa el tiempo de escritura. Y esto es lo que me quedó: una declaración sin respuesta…
#Leyendo
Esta semana, como ya os he dicho, terminé El noviembre de Kate y ahora estoy rematando también La librería de los finales felices. Todavía no sé por dónde voy a tirar después, así que la semana que viene os contaré… Lo que sí os puedo decir es que en La librería de los finales felices estoy encontrando muchas recomendaciones y tengo ganas de leer algo de Moa Martisson. ¿Os suena?
PD
Me gustaría introducirme en el mundo editorial primero como lectora profesional. ¿Alguien que pueda asesorarme en el tema? Mil gracias.
Me gustaría adentrarme en el mundo editorial empezando como lectora editorial. ¿Alguien que me de algunos consejos? ¡Mil gracias!— Reportera Literaria (@reporliteraria) 29 de septiembre de 2016
27 de septiembre de 2016
El noviembre de Kate, de Mónica Gutiérrez (Serendipia)
Si hay algo difícil en estos días que corren es encontrar a alguien o algo que realmente te haga sentir bien. Ya sabéis a lo que me refiero: alguien con quien charlar y que te escuche de verdad sin que la conversación sea un (mal)educado intercambio de egos; o alguna cosa material que valga más por cómo te hace sentir que por fanfarronear ante los demás.
Por eso, cuando leo que las novelas feel good son lecturas fáciles que lo único que intentan es entretenernos para pasar un rato agradable, me pregunto, ¿acaso lo que nos mueve no es nuestro bienestar? ¿No es esto lo más importante de todo? Probablemente sea así pero está claro que confundimos bienestar con “otras cosas más importantes” que normalmente tienen que ver más con el ego y la posesión.
Para mí, el género feel good es un regalo porque siento que humaniza el mundo rebelde en el que vivimos y recrea escenarios que confirman que aún se puede vivir de otra manera más romántica y naif, tal como descubre la protagonista de la última novela de Mónica Gutiérrez (Mónica Serendipia en la blogosfera literaria), El noviembre de Kate.
Kate, la chica del pelo esponjoso, las bufandas largas de colores y los zapatos de bruja buena; la chica sensible y soñadora que decide deshacerse progresivamente del caparazón que la envuelve para resguardarse de un jefe déspota, un trabajo mecánico, una familia que la ignora y un corazón dolorido que no le permite disfrutar de las pequeñas cosas de la vida.
Sin embargo, los humanos no somos todopoderosos. Todavía hay ciertas cosas por encima de nuestro afán de controlarlo todo, como los fenómenos naturales. En esta novela, es una gran tormenta la que obliga a parar a Kate y a todos los protagonistas, un punto de inflexión para reflexionar, prácticamente incomunicados, acerca del futuro.
Gracias a este parón, las tramas principales del libro (por una parte, la de la nueva vida de Kate y el dilema de Don, el contrapunto de Kate) deshacen el nudo que les impedía avanzar y entregarse a la vida desde una perspectiva diferente.
Pero no solo el argumento de esta historia es bonito, lo son también los escenarios, una característica esencial de las novelas feel good: quiero sentarme en ese jardín selvático de Kate y comer croissants; quiero hacer pan de semillas de amapola en la casa de madera de Norman; quiero participar en un programa de radio en la buhardilla de un edificio entrañable; y quiero quedarme aislada del mundo en una casa con tres chimeneas.
Lo bueno de esta novela es que, además de todo lo anterior, resuelve una intrincada investigación policial en la que tanto Kate como Don van a jugar un papel fundamental. Como veis, ingredientes de todo tipo entre los que destaca, como no podía ser de otra manera, el optimismo y las ganas de cambiar el mundo desde el crecimiento personal de cada uno de nosotros.
Al principio de la novela, se incide en que los sitios en los que transcurre la acción son totalmente inventados por la autora. Los principales son Coleridge y Longfellow. Pero, ¡oh, sorpresa!, investigando un poquito por Internet he descubierto que tanto Coleridge como Longfellow son dos poetas, el primero inglés y el segundo americano, y ambos pertenecientes a la corriente del Romanticismo, un tema que está presente durante toda la novela: “De lo que sí estaba segura era de cómo abriría la sección de ese mismo viernes: iba a hablar sobre los conceptos equívocos actuales entre la palabra romántico y el romanticismo original”.
Por eso, cuando leo que las novelas feel good son lecturas fáciles que lo único que intentan es entretenernos para pasar un rato agradable, me pregunto, ¿acaso lo que nos mueve no es nuestro bienestar? ¿No es esto lo más importante de todo? Probablemente sea así pero está claro que confundimos bienestar con “otras cosas más importantes” que normalmente tienen que ver más con el ego y la posesión.
Para mí, el género feel good es un regalo porque siento que humaniza el mundo rebelde en el que vivimos y recrea escenarios que confirman que aún se puede vivir de otra manera más romántica y naif, tal como descubre la protagonista de la última novela de Mónica Gutiérrez (Mónica Serendipia en la blogosfera literaria), El noviembre de Kate.
Kate, la chica del pelo esponjoso, las bufandas largas de colores y los zapatos de bruja buena; la chica sensible y soñadora que decide deshacerse progresivamente del caparazón que la envuelve para resguardarse de un jefe déspota, un trabajo mecánico, una familia que la ignora y un corazón dolorido que no le permite disfrutar de las pequeñas cosas de la vida.
Sin embargo, los humanos no somos todopoderosos. Todavía hay ciertas cosas por encima de nuestro afán de controlarlo todo, como los fenómenos naturales. En esta novela, es una gran tormenta la que obliga a parar a Kate y a todos los protagonistas, un punto de inflexión para reflexionar, prácticamente incomunicados, acerca del futuro.
Gracias a este parón, las tramas principales del libro (por una parte, la de la nueva vida de Kate y el dilema de Don, el contrapunto de Kate) deshacen el nudo que les impedía avanzar y entregarse a la vida desde una perspectiva diferente.
Pero no solo el argumento de esta historia es bonito, lo son también los escenarios, una característica esencial de las novelas feel good: quiero sentarme en ese jardín selvático de Kate y comer croissants; quiero hacer pan de semillas de amapola en la casa de madera de Norman; quiero participar en un programa de radio en la buhardilla de un edificio entrañable; y quiero quedarme aislada del mundo en una casa con tres chimeneas.
Lo bueno de esta novela es que, además de todo lo anterior, resuelve una intrincada investigación policial en la que tanto Kate como Don van a jugar un papel fundamental. Como veis, ingredientes de todo tipo entre los que destaca, como no podía ser de otra manera, el optimismo y las ganas de cambiar el mundo desde el crecimiento personal de cada uno de nosotros.
Coleridge y Longfellow
Al principio de la novela, se incide en que los sitios en los que transcurre la acción son totalmente inventados por la autora. Los principales son Coleridge y Longfellow. Pero, ¡oh, sorpresa!, investigando un poquito por Internet he descubierto que tanto Coleridge como Longfellow son dos poetas, el primero inglés y el segundo americano, y ambos pertenecientes a la corriente del Romanticismo, un tema que está presente durante toda la novela: “De lo que sí estaba segura era de cómo abriría la sección de ese mismo viernes: iba a hablar sobre los conceptos equívocos actuales entre la palabra romántico y el romanticismo original”.
23 de septiembre de 2016
[4] Adiós verano, novelas feel good y #ColectivoDetroit
El adiós al calor y la llegada de unas cuantas jornadas algo más frescas esta semana me ha avivado las ganas de leer. El frío me recoge después del despelote de la etapa estival y la lectura me arrulla y me da el calor que se llevan progresivamente los últimos coletazos del verano.
Estos días también he sentido la nostalgia de encontrar uno de esos libros que tanto me gustan, esos sobre historias en las que hay libros, hay amor o hay una persona que cambia su estilo de vida (o todo junto). Ya sabéis a qué me refiero: Brooklyn Follies, de Paul Auster; Canciones de amor a quemarropa, de Nickolas Butler; Los interesantes, de Meg Wolitzer; Olivia o la lista de los sueños posibles, de Paola Calvetti; La librería de las nuevas oportunidades, de Anjali Banerjee,…
He brujuleado mucho en busca de nuevos tesoros que mantengan vivas las constantes vitales de mis lecturas, y he encontrado algo que llevaba tiempo sabiendo que existía, pero a lo que no le había puesto nombre. Tampoco era necesario, porque alguien ya se lo había dado por mí.
El caso es que todas las novelas que os he puesto antes como ejemplo las podemos reunir juntas en un nuevo género que lleva vivo ya algún tiempo y del que he encontrado registros en Google desde el año 2013. Se trata, tatatachán de las novelas feel good.
Feeling good
Para mí, las novelas feel good son aquellas en las que un personaje con una actitud fuerte y positiva ante la vida, se enfrenta a un reto y consigue salir victorioso. El final, desde luego, es feliz, pero lo es porque el personaje va evolucionando y buscando para que así sea. Además, son libros en los que se respira positivismo, posibilidades, amor, amistad, familia y bonitismo. Otra característica fundamental son los lugares en los que pasa todo, sitios de ensueño por los que cualquiera querría pisar.
De las que he leído y os he puesto como ejemplo, creo que por ahora la que más se aproxima a esta descripción es La librería de las nuevas oportunidades, de Anjali Banerjee, en la que Jasmine, la protagonista, es una mujer de negocios que decide trasladarse al sitio en el que se crió, Shelter Island (Seattle), tras divorciarse para encargarse durante un mes de la librería de su tía Ruma. En este libro hay un personaje fuerte, hay actitud positiva, hay un reto, hay posibilidades, hay amor, amistad, familia y un lugar ideal en el que instalarse: la librería de la tía Ruma (ya dije en la reseña que gustosamente me quedaría a vivir allí).
El descubrimiento de este género me ha alegrado mucho porque ahora sé dónde buscar cuando necesite una dosis de feeling good. Y tengo una lista enorme, por cierto. He empezado por aquí: El noviembre de Kate, de Mónica Gutiérrez y La librería de los finales felices, de Katarina Bivald. Y luego tengo pensado seguir por este otro lado: El hostal de las ilusiones, de Debbie Macomber; Clara y las abuelas canguro, de Tania Kratschmar;…
#Leyendo
La semana pasada terminé Un monstruo viene a verme, de Patrick Ness, la primera hornada de deberes de la tercera temporada del Club de Lectura de Parla Este. A pesar de que en un principio no estaría entre mis favoritos principalmente por el género (juvenil, fantasía), me ha parecido un cuento fluido, entretenido y con una historia reveladora: “Las historias son lo más salvaje de todo […] Las historias persiguen y muerden y cazan”. El día 7 de octubre se estrena en cines la película, que ha dirigido Juan Antonio Bayona.
Un monstruo viene a verme es el libro 22 de mi reto de 45 (que es muy probable que no termine con éxito este año). Había empezado a leer un libro de relatos de Doris Lessing, Relatos africanos y la verdad es que el primero me ha gustado mucho pero los libros de relatos no acaban de engancharme. Cuando le cojo el punto a la historia, termina y tengo que volver a situarme y no siempre lo consigo.
Así que ahora estoy, como os he dicho, a dos manos con mis nuevas novelas feel good de las que pronto tendréis noticias y algo más...
#ColectivoDetroit
Esta semana he participado en mi primer reto del #ColectivoDetroit, que consistía en escribir algo sin utilizar una de las vocales. Mi texto no lleva la letra A pero no me salió muy largo y en ocasiones es raro. Es muy difícil encontrar lo que quieres decir y si, encima, le quitas una de las letras más importantes del abecedario, pues ya me diréis.
De todas formas, es legible, así que aquí la entrada "Ser de", donde también podéis encontrar más información del Colectivo Detroit. En Twitter buscad por #ColectivoDetroit.
#Tuit
El tuit de esta semana, es una imagen. ¡Bienvenido!
¡Bienvenidos!— Ediciones Cátedra (@Catedra_Ed) 14 de septiembre de 2016
(ilustración de Dave Cutler) pic.twitter.com/fpLkRfV1DE
"El amor intuido", en el #DiaMundialDelAlzheimer https://t.co/osRUVEWR1u— Reportera Literaria (@reporliteraria) 21 de septiembre de 2016
— Reportera Literaria (@reporliteraria) 21 de septiembre de 2016
16 de octubre de 2015
Olivia o la lista de los sueños posibles, de Paola Calvetti
Ya avisé en la reseña anterior de que volvería a intercalar con Palmeras en la nieve, de Luz Gabás, otro libro que me llamó mucho la atención cuando lo encontré en una de mis búsquedas caza imprescindibles. Y esa novela es Olivia o la lista de los sueños posibles, de Paola Calvetti. El título prometía mucho y, al principio, he de decir que me emocioné e incluso marqué muchas muchas frases, pero luego no fue para tanto. Y no me malinterpretéis, la novela es preciosa, pero por otra cosa que descubriréis si seguís leyendo esta reseña.
Olivia es una chica soñadora que adora las palabras y las polaroids. El gran referente en su vida es su abuela quien, antes de morir, le dejó un importante legado de lecciones de vida. Está muy unida a su mejor amiga, Sarah, que tiene la vida que ella querría tener, incluyendo marido, hijo y trabajo.
Pero Olivia tiene 33 años y la acaban de despedir. Sin saber a dónde ir, se refugia en un bar estanco perdido un frío y blanco día de diciembre. Allí reflexiona sobre su pasado, en el que está muy presente su abuela pero también sus padres. También piensa sobre su situación en el presente, sobre el que la abuela siempre la ha aconsejado vivir. Pero, ¿cómo? Su vida ahora es como la de muchos jóvenes que han tenido que sufrir las consecuencias de una de las peores crisis económicas del mundo occidental.
Todo esto le lleva a plantearse su futuro. ¿Cómo vivirá a partir de ahora? Para ello, elabora listas con las que imagina qué puede hacer para vadear su situación actual. Para colmo, no encuentra el amor verdadero y no porque lo necesite sino porque quiere sentir “eso” que sientes cuando te enamoras y pierdes el sentido. Lo que no sabe es que en un día malo hay algunas cosas que pueden salir bien y en su camino se cruzará Diego, un abogado con una historia familiar dramática, tan solo como Olivia pero con una personalidad más fría.
Sólo la casualidad puede hacer que estas dos personas se conozcan de una vez por todas porque encontrarse ya se han encontrado más de una vez. Ya veis, la historia es preciosa, ¿verdad? Pero por las expectativas del título yo pensaba encontrar otra cosa. Olivia es la protagonista sí, pero Diego tiene una parcela muy importante en la novela. Las listas tienen peso sí, pero no tanto.
Esta es, simplemente, una historia de amor en la que el amor aparece al final y todo lo anterior es una reflexión sobre cómo dos personas han llegado al punto en el que están para conocerse.
¿Recomendaría esta novela? Sí, si te gusta la introspección, descubrir los sentimientos de los personajes, y ver cuál es su recorrido. Desde este punto de vista, el libro es maravilloso. Si buscas listas para cambiar de vida, más vale ir buscando otro porque aquí, además, las listas no sirven para nada. Lo que acaba contando es la vida misma, la serendipia, las vueltas que da la vida, ¡ay, Dios!
La historia de Olivia no tendría sentido sin sus Polaroids. Durante toda la novela, nos cuenta historias en las que la serendipia (un hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual) es la protagonista. Y una de ellas es la invención de la Polaroid. Cuenta que la Polaroid tiene sus orígenes en 1943 cuando, el señor Edwin Herbert Land, físico de profesión, se encontraba de vacaciones y su hija, tras él hacerle una foto, le dijo: “¿Por qué no podemos verlas en el momento?”. Entonces a él se le encendió la bombilla y le llevó solo una tarde en crear la instantánea aunque necesitó varios años para crear el prototipo de la primera cámara que apareció en 1948.
Olivia es una chica soñadora que adora las palabras y las polaroids. El gran referente en su vida es su abuela quien, antes de morir, le dejó un importante legado de lecciones de vida. Está muy unida a su mejor amiga, Sarah, que tiene la vida que ella querría tener, incluyendo marido, hijo y trabajo.
Pero Olivia tiene 33 años y la acaban de despedir. Sin saber a dónde ir, se refugia en un bar estanco perdido un frío y blanco día de diciembre. Allí reflexiona sobre su pasado, en el que está muy presente su abuela pero también sus padres. También piensa sobre su situación en el presente, sobre el que la abuela siempre la ha aconsejado vivir. Pero, ¿cómo? Su vida ahora es como la de muchos jóvenes que han tenido que sufrir las consecuencias de una de las peores crisis económicas del mundo occidental.
Todo esto le lleva a plantearse su futuro. ¿Cómo vivirá a partir de ahora? Para ello, elabora listas con las que imagina qué puede hacer para vadear su situación actual. Para colmo, no encuentra el amor verdadero y no porque lo necesite sino porque quiere sentir “eso” que sientes cuando te enamoras y pierdes el sentido. Lo que no sabe es que en un día malo hay algunas cosas que pueden salir bien y en su camino se cruzará Diego, un abogado con una historia familiar dramática, tan solo como Olivia pero con una personalidad más fría.
Sólo la casualidad puede hacer que estas dos personas se conozcan de una vez por todas porque encontrarse ya se han encontrado más de una vez. Ya veis, la historia es preciosa, ¿verdad? Pero por las expectativas del título yo pensaba encontrar otra cosa. Olivia es la protagonista sí, pero Diego tiene una parcela muy importante en la novela. Las listas tienen peso sí, pero no tanto.
Esta es, simplemente, una historia de amor en la que el amor aparece al final y todo lo anterior es una reflexión sobre cómo dos personas han llegado al punto en el que están para conocerse.
¿Recomendaría esta novela? Sí, si te gusta la introspección, descubrir los sentimientos de los personajes, y ver cuál es su recorrido. Desde este punto de vista, el libro es maravilloso. Si buscas listas para cambiar de vida, más vale ir buscando otro porque aquí, además, las listas no sirven para nada. Lo que acaba contando es la vida misma, la serendipia, las vueltas que da la vida, ¡ay, Dios!
Polaroid
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8 de octubre de 2015
La librería de las nuevas oportunidades, de Anjali Banerjee
Como ya os dije en el resumen de septiembre, la semana
pasada comencé a leer Palmeras en la nieve, de Luz Gabás. Lo empecé y lo cierto
es que me enganchó, aunque no es de esos libros que me emocionan hasta querer
seguir leyendo en lugares y momentos intempestivos (aunque lo terminaré, fijo).
El caso es que estaba navegando por mi lista de blogs y encontré una reseña en elblog de Laky, Libros que hay que leer, de un libro titulado Olivia o la lista
de sueños posibles (que será mi próxima lectura). Y, leyendo, leyendo, llegué a
esta frase: “Me esperaba una novela con más amor y más magia. No sé, algo del
estilo de La librería de las nuevas oportunidades, por ejemplo”. Y no hubo más
que decir.
La librería de las nuevas oportunidades, de Anjali Banerjee, es de ese tipo de
novelas que me gusta por tres cosas: hay libros, hay amor, y hay una persona que
cambia su estilo de vida. Últimamente leo muchos libros de este tipo de
géneros. Lo sé. Y me parece bien.
En esta novela, como os digo, hay libros. Porque Jasmine, la
protagonista, es una mujer de negocios que decide trasladarse al sitio en el que
se crió, Shelter Island (Seattle), tras divorciarse para encargarse durante un
mes de la librería de su tía Ruma, que tiene que viajar a la India para curar
su corazón cansado. Además, en este libro, como personajes secundarios aparecen
Jane Austen, Edgar Allan Poe, el Dr. Seuss y un largo etcétera.
También hay amor, y es que durante toda la novela a Jasmine
le llegan continuos mensajes de que no debe nunca dejar de creer en el amor y
en la posibilidad de volver a enamorarse. Y alguien llega a tocarle la fibra
sensible, alguien muy muy especial. También surgirá este sentimiento en la tía
Ruma, en la hermana de Jasmine, Gita, o en Tony, el ayudante de la librería.
Por último, hay un cambio de vida. Jasmine controla en Los
Ángeles carteras de inversiones, es decir, maneja el dinero de sus clientes. Y,
la verdad, le gusta mucho lo que hace y es muy buena en su trabajo. Incluso, al
principio, cuando llega a la librería de la tía Ruma ni se acuerda de su pasión
por los libros, que desarrolló cuando era tan solo una niña. Pero en poco tiempo
va recibiendo señales sobre su mano diestra para regentar la librería.
A todo esto, se le añade un punto de fantasía que, por lo general,
me suele chirriar bastante (en realidad, no suelo leer este tipo de género). He
de decir que al inicio de la novela pensé que eso lo tenía que reseñar como
algo negativo. Sin embargo, según avanzaba me fui metiendo en la historia y lo
olvidé. Porque la fantasía está tratada de una manera elegante, encajada en el
libro a través de la mitología india (y esto me recuerda lo mucho que me gustó
Heima es hogar en islandés y que también tiene ese toque mágico).
Como he comentado antes son muchas las novelas que leo en
las que los protagonistas deciden dar un giro a su vida. Son personajes que
están cansados de su existencia a pesar de que tienen éxito, dinero y reconocimiento.
Y, además, quieren cambiar todo esto por una vida más sencilla, relajada y
dedicada normalmente a una actividad tradicional, en este caso, el oficio de
librero.
Y ya a modo de conclusión: me gustaría quedarme a vivir en
la librería de la tía Ruma. Esta historia tiene la mayor parte de los
ingredientes que poseen los libros por los que me siento atraída en este
momento. Puede que sea una señal que me indique que cambie de oficio. Y puede
que lo que más me gustara en esta vida es ser librera. Algunos me llamarían
loca pero como dice la tía Ruma “nunca estarás completamente segura de nada.
Pero en esta vida hay que arriesgarse, ¿verdad?”.
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